

Cuando la obra pública vuelve a tener manos propias
Política26/12/2025 Como el Municipio ejecutó trabajos en 75 barrios


En tiempos donde la palabra Estado suele usarse como insulto y la obra pública como sinónimo de despilfarro, la Municipalidad de Salta decidió ir a contramano: recuperar sus propias herramientas de producción y volver a hacer con recursos propios lo que durante años se dejó librado al abandono o la tercerización permanente. No es un detalle menor. Es una definición política.
La puesta en marcha de la planta hormigonera y la planta asfáltica municipales marca un punto de inflexión en la gestión urbana. No solo porque estaban prácticamente fuera de funcionamiento al inicio de la actual gestión, sino porque su reactivación permitió algo mucho más profundo: que el municipio vuelva a producir, ejecutar y decidir.
Los números son elocuentes. En dos años se pavimentaron y repavimentaron más de 85 mil metros cuadrados, se utilizaron 12.300 toneladas de concreto asfáltico, se intervinieron 122 cuadras y 25 barrios con asfalto. A eso se suman 3.900 metros cúbicos de hormigón, 5.200 metros lineales de cordón cuneta, más de 40 barrios alcanzados por obras de bacheo y pavimentación con hormigón. En total, 75 barrios de la capital vieron obra en la calle.


Eso no ocurre por casualidad. Ocurre cuando hay decisión política, planificación y una gestión que entiende que la obra pública no empieza en la foto del corte de cinta, sino en una planta que se enciende a las seis de la mañana y en trabajadores municipales que vuelven a ser protagonistas.
“La planta hormigonera es donde empieza toda la magia de la obra pública”, dijo la coordinadora de Gestión Operativa, Cecilia Pazos. No es una metáfora ingenua: es una definición concreta de cómo se construye ciudad cuando el Estado deja de ser espectador y vuelve a ser actor.
El subsecretario de Obras de Producción, Antonio Anna, lo sintetizó sin rodeos: las plantas estaban abandonadas. Hoy están operativas, revalorizadas y funcionando con recursos propios. Traducido: menos dependencia, más eficiencia y mayor capacidad de respuesta.
En un contexto económico adverso, con recursos escasos y discursos que promueven el achicamiento sin distinción, la experiencia salteña plantea otra pregunta incómoda: ¿qué Estado se quiere? ¿Uno que delega todo o uno que produce, planifica y ejecuta?
La obra pública con manos propias no es nostalgia estatista ni marketing de gestión. Es una señal política clara: cuando hay decisión, el Estado puede volver a ser herramienta de transformación real, barrio por barrio, calle por calle.


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