Barrios de Salta | Las mil vidas de un nombre

Cada 6 de enero, casi en secreto, cientos de fieles prenden velas buscando su cobijo. El rito se repitió hoy, claro, y, para más detalle, no solo consiste en el encendido de candiles: el objeto debe ser elaborado y moldeado por quien se considere penitente.

Curiosidades 06/01/2023 Vicente Polar

En esta última década y media, en los barrios salteños fue ganando paso una figura más que misteriosa; el evocarlo – dicen quienes dicen haber presenciado el hecho – conduce a estados cercanos al éxtasis. Es solo ese momento, aseguran. Como un rayo; un instante y se va. El devoto apaga su vela y, como si nada hubiese pasado, se aleja del lugar escogido para la invocación.

No se sabe muy bien cómo, pero de un tiempo a esta parte se fueron conociendo detalles del rito: la fecha, la vela y el armado de la misma, que se puede hacer en cualquier momento del día y que debe ser en una esquina, no importa quién pueda mirarte, pues, se calcula, 4 de cada 8 vecinos de zona norte debieron toparse con uno de estos episodios sin registrar lo acontecido.

Sin embargo, pocos de los datos mencionados aportan a esclarecer por quién se encienden los candiles, o si – quienes van un poco más allá lo advierten – no es un “quién” sino un “qué”, atribuyendo procedencia espacial a la figura. No importa, no es algo que pueda sacar del plano de la especulación ahora mismo; lo que sí logré averiguar es que el acto se hace a modo de tributo, tributo hacia “algo”.

No obstante, cabe mencionar que en B° Unión, por lo bajo, un vecino me dictó un nombre: J. Colque. Las averiguaciones posteriores me levaron a una vecina (a unas 10 cuadras del primero) que decía conocer su historia, pero lo más llamativo no era la historia en sí: al preguntar en Castañares, un barrio cercano, algún que otro vecino le atribuyó el mismo nombre, solo que su género y su historia eran diametralmente distintas.

Y así fue que conocí 6 versiones diferentes de J. Colque: un cartonero atropellado, una joven estudiante que alquilaba un monoambiente cerca de la UNSa, un anciano abandonado por su familia en el Hogar Luz de Luna, un hombre soltero de mediana edad que nunca pudo conocer a su madre, un niño muerto en 1913 en una de las fincas de la zona o una mujer, con varios hijos a cargo, peleando sola contra las políticas represivas de Ulloa. Todo eso, parece, es.

Lamento informar que no pude dar con ningún fiel para intentar desarmar la incógnita que ronda a la figura, tampoco obtendrá respuesta aquí – querido lector - sobre los dones que traería ser un deudo. Es más, mientras redacto esta nota no dejo de pensar que quizás fui presa de una estafa, que alguien dijo que vio a otro alguien encender una vela en una esquina y que, de boca en boca, este hecho - interpretado en primera instancia como algo irracional – fue cargándose de sentido; a mi me cabe haberme dejado llevar por la extrañeza.

Una calle, una marca de cigarrillos baratos, un juguito de licuado de banana; son otras respuestas que encontré en el recorrido y, claro, fueron descartadas por ser aleatorias; como otras que elijo no mencionar, estas definiciones se alejaban del hilo que me llevó a profundizar en el fenómeno.

Lo cierto es que, desde hace una década y media, hechos como este son advertidos solo los 6 de enero en la zona norte de la ciudad de Salta. Queda en usted, amigue lector, observar atentamente si en el transcurso del día consuma el rito en alguna esquina de su barrio. O, si esta leyendo esto una vez pasada la fecha, escarbar su memoria por una imagen similar que, sin el conocimiento que ahora tiene, pasó casi inadvertida.

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