
Falleció Gabriel García Varde tras denunciar el abandono del PAMI y el ajuste a los jubilados
Alza tu voz04/08/2026 Ajuste brutal
La muerte de Gabriel García Varde, el jubilado y paciente oncológico que conmovió al país al denunciar públicamente que el PAMI le negó la medicación y demoró su tratamiento contra el cáncer, expone de la manera más cruel y desgarradora la desidia estatal. Su fallecimiento, ocurrido en la noche del sábado 1 de agosto, no es una estadística inevitable: es la consecuencia directa de un sistema que asfixia a los adultos mayores y los empuja a una vulnerabilidad extrema.
Días antes de morir, en una entrevista que recorrió todos los portales y generó una profunda conmoción social, Gabriel relató el calvario al que lo sometió la burocracia y el ajuste. Con el peso de su cuerpo desplomándose de 52 a 43 kilos por el avance de la enfermedad, suplicó por los medicamentos oncológicos que el Estado tenía la obligación de garantizarle. Del otro lado, el silencio, las trabas administrativas y el abandono absoluto.
El caso de Gabriel desnudó la brutalidad de la realidad que enfrentan miles de jubilados en la Argentina actual. Con una jubilación mínima de indigencia, este paciente oncológico no solo debía lidiar contra una enfermedad terminal, sino que además se veía obligado a pedir ayuda a los pasajeros en el subte para poder pagar el alquiler de una pequeña habitación y comprar algo de comida.


Mientras desde los despachos oficiales se celebran supuestos logros macroeconómicos y se ajustan las cuentas a costa de los sectores más vulnerables, en la calle los jubilados se mueren esperando un medicamento o mendigan para subsistir. La única respuesta que encontró Gabriel provino de la solidaridad anónima de ciudadanos comunes que, conmovidos por su testimonio, intentaron asistirlo económicamente en sus últimas semanas ante la ausencia total de asistencia estatal.
La muerte de Gabriel García Varde duele e indigna porque deja al desnudo un mensaje impiadoso: para la gestión actual, los adultos mayores parecen no importar. Convertir la salud, los medicamentos y la dignidad de las personas de avanzada edad en una variable de ajuste no es solo una decisión económica deshumanizada, es un acto de crueldad imperdonable que deja una mancha imborrable sobre la conciencia social y política del país.


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