



Desalojadas del local de España 714, las trabajadoras de la Cooperativa San José rearmaron su proyecto en la Ruta 51. Sin subsidios, con papeles al día y una convicción: el trabajo digno no se suspende por decreto ni por contrato.
El 31 de diciembre de 2024, la Cooperativa de Trabajo San José —integrada mayoritariamente por mujeres— tuvo que entregar las llaves del inmueble donde funcionó por años la confitería homónima. La decisión de no renovar el contrato llegó sin explicaciones formales, aseguran. Aun así, no hubo resignación: hubo movimiento.
“Nos desalojaron el 31 de diciembre (2024). Decían que no pagábamos, pero es mentira: en diciembre le abonamos a la Iglesia $2,5 millones de alquiler. Tenemos toda la documentación y los comprobantes. Pagábamos todos los servicios y no recibimos subsidios”, relató a El Tintero, Sonia Oviedo, trabajadora e integrante de la cooperativa.
La mudanza dolió, pero no las detuvo. Hoy sostienen la actividad en Ruta 51, al lado del Circe, en el complejo El Prado. El paisaje es más amable que el centro, pero la caja no: “No tenemos la fluidez de clientes que había en España 714. Somos muchas; algunas buscaron otro trabajo o montaron pequeños comedores en sus casas. Han sido meses difíciles, pero seguimos con ganas de trabajar”, dice Oviedo.


No hay señalamientos que no puedan probar. No afirman quién ocupa hoy el antiguo local ni si existe relación con autoridades religiosas. “Sabemos por redes que el lugar fue remodelado, pero no nos dijeron oficialmente quiénes están. Lo que sí vimos es el apoyo de la clientela que se manifestó cuando supo que nos sacaron”, agrega.
Detrás del conflicto late un punto de fondo: el valor del trabajo cooperativo en una economía áspera. San José pagó alquileres, servicios y cumplió con exigencias judiciales derivadas de su antigua patronal —“abogados, contadores, síndico e incluso parte de nuestras indemnizaciones”, enumera Oviedo— para mantener la actividad en regla, y, aun así, el mensaje que eligen no es la bronca, sino la tenacidad: “No le deseamos el mal a nadie. Todo el que trabaja merece la dignidad de llevar el pan a su casa. Queremos que se sepa que cumplimos y que seguimos”, sintetizó.
San José cayó de pie. Cambiaron de dirección, ajustaron el cuerpo y volvieron a prender el horno. La cooperativa persiste donde tantas veces la realidad invita a bajar los brazos. Porque, en definitiva, la dignidad no se desaloja.
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