

Romero, el último operador útil de un gobierno en retroceso
General06/08/2025 No buscará retener su banca del senado
Después de 38 años ininterrumpidos en cargos provinciales y nacionales, Juan Carlos Romero no se va: se recicla. El gobierno libertario, que prometía cortar con la “casta”, ahora le ruega a uno de sus máximos exponentes que lo salve del naufragio legislativo.
Romero es, para el oficialismo, lo más parecido a una garantía. Aseguró mayorías claves en el arranque del gobierno y hoy, cuando las bancas propias no alcanzan ni para bloquear los proyectos más hostiles, su voto se volvió indispensable. Por eso le ofrecen de todo: la Auditoría General de la Nación, el Ministerio del Interior, incluso un lugar en una hipotética Corte Suprema ampliada. Pero Romero, astuto como pocos, juega con los tiempos, mide las ofertas y espera algo más que cargos: quiere poder real.
Milei compra tiempo, Romero cotiza alto
El gobierno ya no disimula su desesperación. Las promesas de cambio y motosierra quedaron sepultadas por la cruda realidad parlamentaria: sin mayoría propia y con una interna feroz entre Milei y Villarruel, el oficialismo necesita aliados urgentes. Pero los "dialoguistas" ya no responden al látigo presidencial, y la rebeldía de bloques que antes acompañaban hoy se transforma en votos en contra.
En ese contexto, Romero aparece como el último negociador disponible. Un veterano que supo gobernar Salta con mano firme, tejer alianzas con todos los colores políticos y mantenerse vigente a lo largo de décadas sin levantar demasiado polvo. Que no vaya por la reelección no significa que se retire: significa que cambia de trinchera.
¿Qué representa Romero para el oficialismo?
Romero no es solo un senador más. Es un engranaje clave para sostener los vetos de Milei a leyes como la moratoria previsional, el aumento de jubilaciones o la emergencia por discapacidad. Temas que gozan de consenso social y parlamentario, pero que chocan con el dogma libertario. Sin Romero, el gobierno no tiene margen. Con él, al menos puede aspirar a contener la oleada.
Por eso la Rosada lo mima, le promete, le suplica. La política se volvió una subasta de lealtades y el salteño sabe que su tiempo vale oro. Hasta diciembre, su voto puede marcar la diferencia entre un presidente en control o uno cercado por el Congreso.
El final de un ciclo, o el inicio de otro
Romero cumple 75 años este año. El mismo número que obligó a Juan Carlos Maqueda a abandonar la Corte. Esa edad, en tiempos de Milei, no es impedimento para nada: mientras sirva, mientras vote, mientras frene, seguirá siendo funcional. El salteño ya no pelea por cargos electivos. Pero en los pasillos del poder su nombre suena fuerte, incluso más que muchos ministros.
En una Argentina donde los liderazgos se erosionan con velocidad y la política se volvió una carrera de resistencia, Romero demuestra que el verdadero poder no siempre está en las urnas, sino en la capacidad de seguir siendo necesario cuando todos los demás dejaron de serlo.


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