
De la soberanía al vasallaje: la sumisión de Milei ante la realeza española
Política08/08/2026 ¿Regreso del virreinato?


Hay postales que no necesitan demasiada adjetivación porque el temblor en la voz y la inclinación de la espina dorsal explican, por sí solos, toda una doctrina política. En su paso por Colombia para participar de la asunción del derechista Abelardo de la Espriella —tras una escala previa con Daniel Noboa en su cruzada por autoproclamarse faro de la derecha regional—, Javier Milei nos regaló una de las escenas más patéticas y reveladoras de su mandato.
Al cruzarse con el rey de España, Felipe VI, el libertario que vino a destruir el Estado y a agitar consignas de soberanía y libertad individual se derrumbó en un claro acto de vasallaje: “Su majestad, qué placer verlo, qué gusto verlo”, balbuceó con la voz entrecortada por la emoción, escoltado por su hermana Karina y el canciller Pablo Quirno. La imagen no es un blooper protocolar ni una anécdota simpática; es la radiografía exacta de un alineamiento colonial.


¿Qué significan estos actos de profunda reverencia ante un monarca extranjero -y no de cualquier pátria-? Simbólicamente, son la constatación cabal del mercenazgo ideológico y la rendición explícita de los intereses nacionales. Quien se llena la boca hablando de la "gesta de la libertad" y del fin de las cadenas estatistas demuestra, ante el primer representante de la corona española, la peor de las servidumbres. Es la genuflexión natural de quien concibe a su propio pueblo no como una ciudadanía soberana, sino como un rebaño administrable al servicio de intereses ajenos.
En este punto, la historia argentina ofrece un espejo implacable y doloroso. Milei no actúa como el líder de una nación libre; se comporta exactamente igual que un Virrey Cisneros moderno. Baltasar Hidalgo de Cisneros fue aquel burócrata obediente de la metrópoli, un administrador gris y temeroso de la Corona española que llegó al Río de la Plata cuando el imperio ya hacía agua, dispuesto a garantizar la recaudación, cuidar los negocios de ultramar y doblegar cualquier conato de soberanía local en nombre de un orden
El actual inquilino de la Casa Rosada opera como un ejecutor de mandatos que se dictan en despachos remotos, subordinando la economía doméstica, los salarios de sus propios trabajadores —a los que sentencia con orgullo a ganar menos— y los recursos estratégicos de la patria a la venia de los poderes centrales. Un trabajador servil de intereses transnacionales y monárquicos que no se preocupa en lo más mínimo de las necesidades de quienes habitan el suelo argentino, esos mismos que lo votaron bajo la falsa promesa de terminar con la casta, sin advertir que estaban delegando el poder en un empleado del extranjero.
La paradoja es insostenible y brutal. Mientras hacia adentro se blande la motosierra contra los jubilados, los docentes y la obra pública bajo la coartada de un "déficit cero" de cabotaje, hacia afuera se despliegan alfombras rojas invisibles para rendirle tributo a la realeza europea. La patria de los libertadores, la que supo romper las cadenas coloniales en el siglo XIX, hoy es gobernada por un virrey posmoderno que tiembla de emoción ante un rey y canjea la soberanía política por una palmada en la espalda en los pasillos de la diplomacia conservadora. La soberanía no se pierde únicamente en los papeles de la deuda externa; se degrada, fundamentalmente, en la sumisión cultural de quienes gobiernan con el alma arrodillada.


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