




La nueva gestión de la Universidad Nacional de Salta, encabezada por el rector Miguel Nina, decidió cerrar la Orquesta Típica Característica. Lo hizo sin resolución formal, sin explicaciones públicas, y con una decisión de hecho: dejar de pagar honorarios, suspender actividades y forzar el vaciamiento de un proyecto que apenas el año pasado había sido aprobado como parte del Programa de Incentivo a las Vocaciones Artísticas y Culturales.
La orquesta nació en 2023 bajo la resolución rectoral Nº 2341-23 y se integró al área cultural de la Secretaría de Extensión Universitaria. Su creación fue el fruto de una propuesta sólida, con respaldo académico y profesional, presentada por los músicos Ángel Lapadula y Juan Ignacio Sáenz. Lapadula, docente con más de 18 años de trayectoria e integrante de la Orquesta Sinfónica de Salta, asumió la dirección del proyecto. Sáenz, profesor superior en música y maestrando en Artes Contemporáneas (UBA), fue designado director asistente. La estructura se completaba con Luis Villegas como coordinador, Federico Luna como copista y archivista, y la colaboración artística de Pedro del Val, licenciado en composición.
No era un simple conjunto musical: era una orquesta universitaria con perspectiva pedagógica, cultural y social. Una expresión genuina de articulación entre lo académico y lo popular. Un espacio de formación y circulación del patrimonio sonoro argentino que apostaba a tender puentes entre la universidad y su comunidad.


Cerrar esta orquesta no es sólo un recorte. Es un acto simbólico. Una declaración de principios, donde el arte y la cultura son descartables. Donde los proyectos que no producen rentabilidad inmediata —aunque sí memoria, sensibilidad y sentido de pertenencia— son suprimidos sin siquiera el gesto mínimo del debate público.
La motosierra llegó a la música. Pero lo más grave es que lo hizo en silencio. No hubo resolución que informara la baja, ni explicaciones sobre el destino de los músicos, ni consideraciones sobre el impacto en la comunidad universitaria. Se optó por lo más cruel: la cancelación por abandono.
¿Qué tipo de universidad pretende construir esta gestión si elige desmantelar sus espacios de creación? ¿Qué lugar ocupa la cultura cuando es lo primero que se ajusta? ¿Y cómo podemos hablar de vocaciones artísticas si se elimina, de un plumazo, el programa que justamente buscaba incentivarlas?
Hoy no sólo se apaga una orquesta. Se apaga una posibilidad de formación integral, de diálogo cultural, de expansión del saber. Se apaga una forma de universidad que entiende que educar también es formar sensibilidad, promover pensamiento crítico, y defender lo común.
En tiempos de retrocesos democráticos y achicamiento del Estado, la universidad pública tiene la obligación ética de ser un refugio y un motor de cultura viva. No un engranaje más de ajuste silencioso.





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