

"No me involucres" | El discurso patriarcal que aisló a Mercedes Kvedaras en su momento más crítico
Judiciales22/04/2026 Violencia de género


Los chats revelados en el juicio por el femicidio de Mercedes Kvedaras exponen la cara más cruda de la violencia machista: la soledad impuesta. La respuesta de su madre no es un hecho aislado de falta de afecto, sino el síntoma de una estructura que obliga a las mujeres a naturalizar el maltrato bajo el lema "son cosas de pareja".
El juicio por el femicidio de Mercedes Kvedaras ha puesto sobre la mesa una frase que hiela la sangre: "No me podés involucrar". Fue la respuesta de su madre ante los pedidos de auxilio de Mercedes días antes de ser asesinada por José Figueroa. Sin embargo, antes de caer en la condena social fácil contra la figura materna, es urgente analizar este mensaje con lentes de realidad. Lo que vemos ahí no es solo el abandono de una madre, sino el éxito del patriarcado en su forma más perversa: el disciplinamiento de las redes de cuidado.
En los círculos de la "Salta señorial" y los barrios privados, la violencia de género se suele gestionar bajo un pacto de silencio que atraviesa generaciones. A las mujeres de estas estructuras se les ha enseñado durante siglos que el matrimonio es un contrato de resistencia, que "algo habrá hecho" para que las cosas estén mal, y que la intervención externa solo trae vergüenza. La madre de Mercedes le pidió que lo "enfrentara sola" porque ella misma fue educada en esa soledad.


El discurso de "no te metas" es la herramienta fundamental para que el femicida actúe con total libertad. Cuando el entorno familiar —y especialmente el femenino— se retira, la víctima queda a merced del victimario. Pero esa retirada no es voluntaria; es el resultado de un sistema que convence a las mujeres de que involucrarse es "traicionar" la armonía familiar. El patriarcado funciona así: fragmentando la solidaridad entre mujeres, aislándolas en sus propias cocinas y livings de lujo, para que el "macho" de turno pueda ejercer su control sin testigos.
En los countries, el estatus social actúa como una mordaza adicional. Mercedes tenía los medios, pero no tenía el permiso social para romper el silencio. La respuesta materna de no querer "involucrarse" es el reflejo de una sociedad que prefiere una tragedia "puertas adentro" antes que una denuncia ruidosa que manche el apellido. No es falta de amor, es un miedo estructural y una naturalización del dolor que se hereda de madre a hija.
Condenar a la madre de Mercedes desde el odio es no entender el problema de fondo. Lo que hay que condenar es el modelo de familia patriarcal que le dijo a esa mujer que su hija debía "aguantar" porque "así son las cosas".
Mercedes Kvedaras fue víctima de Figueroa, pero también fue víctima de una cultura que desmantela las redes de apoyo. Hasta que no entendamos que la violencia de género nunca es un asunto privado, seguiremos escuchando ese "no me involucres" como una sentencia de muerte. El desafío es romper el mandato: involucrarse no es una opción, es la única forma de prevenir femicidios.



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