



“Todo lo que nos está pasando ya lo habíamos visto en las películas y en los libros. Parte de la angustia de nuestro tiempo es que la profecía se cumplió. Como especie no tenemos muchas chances y nos quedan pocos tiros, por eso propongo algo: inventemos el futuro”.
La frase pertenece a la cineasta salteña Lucrecia Martel, quien viene planteando esta idea en distintas entrevistas mientras presenta su documental: Nuestra tierra.
El planteo resulta interesante en un tiempo que muchas veces parece moverse entre lo distópico y caótico. Cuando dice que “la profecía se cumplió”, advierte que muchas de esas imágenes que antes aparecían en películas o libros no quedaron solamente en el terreno de la imaginación; con el tiempo empezaron a influir en la forma en que se piensa y se organiza el mundo.


A partir de eso, el llamado que hace es proyectar más allá del horizonte de lo posible: si lo que imaginamos puede terminar ocurriendo, también se puede intervenir sobre lo que viene. De ahí su invitación a “inventar el futuro”, una responsabilidad que recae en quienes producen ideas, imágenes o proyectos artísticos de cualquier índole.
Ese punto aparece reforzado en otra de las frases que viene soltando: “inventar el futuro no se hace llorando ni esperando subsidios”. En el ambiente cultural, sobre todo después del ajuste impulsado por el gobierno de Javier Milei, se abrió una discusión respecto a un punto bastante sensible: la relación entre producción cultural, el financiamiento estatal y la autonomía.
En varias oportunidades, Martel planteó que las movilizaciones en defensa del INCAA no fueron acompañadas por la sociedad, eso, según su mirada, se debió a que las realizaciones no calaron en la gente. Fue, en parte, un pase de factura a sus pares: se debe reclamar por el sector, pero la creación no puede estar condicionada por la plata del Estado.
Se trató, en cierto modo, de una advertencia hacia un espacio amplio de la vida cultural: ese universo de creadores, técnicos o productores que muchas veces se mueven casi exclusivamente dentro de la gestión estatal. Es decir: cuando el trabajo depende únicamente de una decisión administrativa del poder, no es sincero ni tiene demasiado compromiso el proyecto.
El cineasta Raymundo Gleyzer decía que lo único que hacía falta era “una idea en la cabeza y una cámara en la mano”. Dicho de otra manera, una película no aparece porque alguien la habilita, sino porque alguien la empuja.
La idea tampoco es ajena a la tradición argentina. El escritor Roberto Arlt hablaba de avanzar “a prepotencia de trabajo”, una fórmula que describía esa mezcla de necesidad, impulso y obstinación con la que muchas veces se hicieron cosas en contextos poco favorables.
Si las predicciones terminan influyendo en la realidad, la pregunta queda abierta: ¿Qué futuro se está armando ahora mismo y quiénes están dispuestos a trabajar para que exista algo mejor?
Trailer del documental:





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