
Cierra "Cosa E Mandinga": el adiós a un bodegón que fue trinchera cultural en Salta
General21/02/2026 Políticas del desastre

Cosa E Mandinga, El Bodegón Cultural, baja el telón después de casi 14 años de vida: cerrará definitivamente el 28 de febrero de 2026. Y con esa fecha se cierra algo más que un comercio: se cierra una manera de sostener cultura cotidiana, a pulmón, con guiso humeante y escenario armado a fuerza de voluntad.
Hay cierres que no se anuncian como una persiana que baja. Se sienten como un apagón en el barrio, como cuando una esquina deja de ser punto de encuentro y el mapa afectivo de una ciudad pierde una coordenada. “Y llegó el final”, escribió su dueño, Fidel Cristo Puggioni, en una despedida pública que no busca golpes bajos, pero tampoco disimula el golpe.}
En sus palabras hay una mezcla de álbum familiar y parte de guerra: “Tanto tiempo, tanto amor, tanta pasión puesta para lograr nuestro espacio, nuestro lugar, parte de nuestra vida y nuestra historia”, porque Mandinga no fue solamente un bar: fue un refugio. Un lugar donde la música encontraba micrófono, la poesía encontraba oído, la fotografía colgaba sin pedir permiso, y los libros se presentaban como quien brinda.

Puggioni junto al actor Roly Serrano
Pero además, Mandinga también fue plataforma para la palabra en vivo. Entre mesas, micrófonos y cables, allí funcionó FM La Plaza, y ese mismo espacio albergó proyectos que hoy son parte del ecosistema cultural y periodístico local. Inclusive, allí se hicieron tres temporadas de El Tintero Radio: un detalle que pinta de cuerpo entero lo que fue el bodegón, porque no solo “programaba cultura”, sino que la producía, la amplificaba y la volvía comunidad.

En esa historia entran “cientos de eventos culturales”: música, poesía, fotografía, presentaciones de libros y revistas. Entraron también los años felices —los brindis “con ganas”, las “ollas rebozantes de manjares”, como dice el propio Fidel— y los años ásperos, esos en los que la cultura independiente hace equilibrio con la caja diaria. Fidel lo resume con una frase que duele por concreta: “Hoy, la tristeza es infinita… se me fue una parte de la vida”. Y a la vez pone en discusión algo que suele minimizarse: “Más allá de que algunos puedan pensar que es solo un negocio”. En Salta, como en muchas ciudades, los espacios culturales se tratan como caprichos cuando funcionan… y como estadísticas cuando caen.
Una despedida que también es diagnóstico
El texto no se queda en la nostalgia. Señala causas. Señala época. Señala política. “Pandemias y Liberalismo, los más duros y crueles”, escribe, y ata el cierre a una secuencia que excede a Mandinga: caída del consumo, costos en escalada, alquileres imposibles. Lo traduce en números que no son de planilla: son de supervivencia, 70% de caída en las ventas, según el propio Puggione. Costos cada vez más altos, con alquileres que “pretenden ser el triple”.
Y un dato que busca ubicar el caso dentro de un fenómeno mayor: “somos una de esas 22000 PyME que van cerrando en los últimos 2 años porque las condiciones son casi imposibles”.
No hace falta compartir cada lectura ideológica para entender el mecanismo: cuando el mercado interno se achica, lo primero que se vuelve “prescindible” es lo que en realidad sostiene el tejido social. Un bodegón cultural vive de comunidad: de la salida de un viernes, del after de un recital, de una cena que se estira porque alguien se sube a cantar. Si esa rueda se frena, lo que se pierde no es solo la venta del día: se pierde continuidad, programación, futuro.
Lo que deja de existir cuando cierra un lugar así
Mandinga era ese tipo de espacio que no se reemplaza con un posteo. Podés mirar fotos, recordar anécdotas, compartir la tristeza en redes. Pero no hay algoritmo que emule el sonido de un aplauso en un salón chico, ni el gesto de “vení, sentate” cuando no sobran las mesas pero siempre se hace lugar. Y tampoco hay streaming que reemplace lo que se armaba ahí: el cruce directo entre cocina, escenario y micrófono, con la radio como otra forma de abrazo.

Durante años, Mandinga organizó los carnavales en el Paseo de los Poetas
Y por eso la despedida convoca a algo más que consumo: convoca a un ritual final. “Nos queda una semana de abrir nuestras puertas”, dice Fidel, y deja abierta la invitación: “te esperamos estos últimos días para ese último brindis”. No es marketing: es duelo compartido. Un último encuentro para que el cierre no sea silencio, sino abrazo.
La política del cierre: cuando la cultura independiente paga la cuenta
Cada vez que un espacio cultural baja la persiana, se repite la discusión: ¿era viable?, ¿se administró bien?, ¿podría haberse “reinventado”? Preguntas legítimas, sí, pero incompletas si se usan para ocultar lo principal: hay contextos económicos que vuelven inviable lo cotidiano, especialmente para las pymes gastronómicas y los espacios culturales que no tienen espalda financiera. Y en esa desigualdad, lo independiente queda a merced de dos variables brutales: consumo y alquiler.

La reflexión de Puggioni no hace un discurso abstracto. Habla desde lo concreto: ventas desplomadas, costos al límite, alquiler que se dispara. Ese trípode es la tijera que corta la cultura de cercanía. Cuando se desarma, lo que cae no es un “rubro”: cae un pedazo de ciudad.
El último brindis
Hay una foto que Fidel menciona como quien aprieta un amuleto: almorzando en La Musa, a una semana de abrir hace 14 años. “Éramos felices”, dice. Esa frase no idealiza: pone en evidencia que la felicidad también se construye con lugares. Con mesas, con gente, con música de fondo, con una agenda cultural hecha a pulmón. Con una radio transmitiendo desde el corazón de un bodegón, como si la ciudad hablara desde ahí.

Fidel junto a Carmen y sus hijos, hace unos años, antes de inaugurar Cosa e Mandinga
Cosa E Mandinga cierra el 28 de febrero de 2026. Y Salta pierde un bodegón icónico, sí, pero sobre todo pierde una trinchera amable: un espacio donde la cultura no era evento excepcional, sino costumbre.
Queda una semana. Queda el último brindis. Y queda una pregunta incómoda que la despedida deja flotando, sin necesidad de subrayarla: ¿cuántos “Mandinga” más puede perder una ciudad antes de empezar a extrañarse a sí misma?


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