




En una reunión de dos horas, el Presidente ratificó al Jefe de Gabinete tras las denuncias. La estrategia oficial: mostrar "normalidad", esconder el caso bajo la alfombra y llegar al Congreso sin bajas en el equipo.
En un movimiento que huele más a supervivencia política que a convicción ética, el presidente Javier Milei decidió cerrar filas en torno a su figura más expuesta. Tras una reunión de más de dos horas en la Quinta de Olivos, el mandatario le dio un respaldo explícito a Manuel Adorni, confirmándolo como Jefe de Gabinete a pesar del creciente vendaval de cuestionamientos y las investigaciones judiciales que lo cercan. La orden, bendecida también por "El Jefe" Karina Milei, es clara: no se entrega a nadie para no dar señales de debilidad, cueste lo que cueste en términos de imagen pública.
La estrategia de la Casa Rosada para las próximas semanas roza el cinismo. El objetivo es "bajar la intensidad" del caso, apostando a la desmemoria social y a una agenda de gestión impostada. Mientras el oficialismo busca que el tema pierda visibilidad, Adorni ha retomado una frenética actividad de reuniones con ministros para simular una coordinación interna que, puertas adentro, está cruzada por tensiones y facturas cruzadas. Sectores del propio gobierno admiten, por lo bajo, la preocupación por el impacto de este "lastre" en una gestión que ya tiene una desaprobación superior al 54%.


El horizonte tiene una fecha crítica: el 29 de abril. Ese día, Adorni deberá sentarse frente al Congreso para brindar su informe de gestión y responder miles de preguntas de legisladores que lo esperan con los colmillos afilados. El "doble rol" de Adorni —vocero y jefe de ministros— se ha convertido en una trampa para el propio oficialismo: es la cara de la gestión y, al mismo tiempo, el blanco más fácil de atacar. Sostenerlo en el cargo es una apuesta de alto riesgo que busca evitar un "efecto dominó" que termine golpeando el corazón del círculo íntimo de Milei.
Mientras el Gobierno intenta recuperar la iniciativa legislativa con proyectos propios para distraer la atención, el caso Adorni sigue siendo una brasa caliente que la Justicia monitorea de cerca. En Salta, donde el ajuste nacional se siente con especial rigor en el transporte y las universidades, el blindaje a un funcionario cuestionado se lee como una provocación de la "casta" propia. La lógica de "no mostrar debilidad" puede terminar siendo la soga que asfixie la credibilidad de un Gobierno que llegó prometiendo transparencia y hoy se aferra a los manuales más viejos de la política: abroquelarse, negar la realidad y esperar que el tiempo limpie las manchas.


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