
Corazón de barrio: Plaza Alvarado



Una diagonal de árboles solemnes abre camino hacia el corazón de la plaza, donde palpita una vieja fuente en la cual no he visto brotar agua durante muchos años, pero que compensa cada tarde al llenarse de niños que la recorren, juegan y trepan en la escultura que adorna su interior. Esa escultura no es tan vieja como la fuente; lo sé porque conozco la plaza desde mi infancia y fue aproximadamente a fines de los 90 cuando se instaló dicha escultura. Queda pendiente averiguar el autor.
Sea como sea, la plaza Alvarado tiene su corazón, pero a la vez ella misma es el corazón de este barrio, donde cada vecino encuentra su forma de disfrutarla: tomando unos mates en las mesitas alguna tarde, aprovechando sus veredas para correr o realizar caminatas como entrenamiento físico; llevando a los niños a subirse al tobogán o a las hamacas, paseando a los perritos o saliendo a tomar un café o una cerveza en alguno de los bares que la rodea.
Le tengo un cariño enorme a esta plaza, grandes momentos de mi vida la conectan. Crecí trepando sus árboles, volando en sus hamacas, sentada en algún banco con mis amigas, las mismas que todavía conservo, contándonos todo, ¡todo!, durante horas.


Soy afín a las plazas, me resulta muy importante la vida que ocurre en ellas. Es el espacio en común con los vecinos, el lugar que todos disfrutamos y compartimos. La excusa para el stop cotidiano, sin gastos o, por lo menos, sin gastos excesivos, que nos libera del capitalismo que asocia el disfrute al consumo y una sutil rebeldía bien camuflada, en contra de aquel que cree que la felicidad pasa por gastar, consumir; pasa por el tiempo y espacio para compartir, o por lo menos, soy de las que piensan así.
El tiempo en la plaza es recrear la vida, es habilitar la oportunidad para que los niños corran libremente. Acompañar con unos mates basta y sobra. Son muy limitados los lugares dentro de una ciudad que nos brindan eso.

Como si fuera poco, la plaza Alvarado tiene sus particularidades. La habitan un grupo de palomas gorditas, a las que parece no faltarles comida y un cuarteto de perritos callejeros que tienen su territorio instalado en un sector de la plaza, cuidados con mucho amor por un grupo de proteccionistas.
Cuando oscurece, los bares alrededor la visten de noche con sus lucecitas. En verano, las noches en la plaza son una bocanada de aire que refresca, que renuevan los cuerpos y baja cuarenta cambios. Pero en otoño e invierno, cubierta de las hojas estrellas, como yo las llamo, se adorna de una belleza nostálgica que me hace ver más abuelos de lo habitual y, quizás, también pareciera que de fondo suena un tango.
Hay quienes dicen, o quienes sostenemos, que existen lugares con una magia especial. Esta plaza tiene algo, algo lindo, algo bueno, que aunque la describa, solo se puede sentir. No por nada cuido mucho los recuerdos que asocio con ella.
Quiero quererla siempre, como se quiere a la casa de la abuela o a esos lugares donde nos hemos sentido mimados. Que sea siempre ese espacio al que pueda venir para sentirme mejor, para curar mi corazón cuando el mundo lo lastime, a encontrar a la niña que fui, esa niña/niño, que todos llevamos dentro, la niña que en mi caso puntual, creció en esta plaza y que cuando estoy perdida me vuelve a mi eje y me aclara el norte.
Esa es la magia de esta plaza para mí, pero estoy segura que compartimos el mismo sentir con muchos vecinos y gente del otro lado, por ahí.


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