Emilia Orozco, la moral libertaria y el avión de los privilegios

13/03/2026 La motosierra no corta parejo

La senadora salteña pidió no perder la confianza de la gente y aseguró que “no son como el resto”. Pero el gobierno del que forma parte ajusta sobre salud, educación y ciencia mientras convive con privilegios, escándalos y una superioridad moral que se desarma apenas se la somete a los hechos.

“¿Sabés lo que no podemos hacer, Johnny? Perder la confianza de la gente. Si nosotros perdemos la confianza de la gente, estamos en el horno”. La frase de Emilia Orozco quiso sonar a advertencia lúcida, pero terminó funcionando como una confesión involuntaria. Porque si algo está horadando la confianza social no es la crítica opositora ni el ruido mediático, sino la obscena distancia entre el discurso del sacrificio y los privilegios del poder. En un país donde el ajuste cae con brutalidad sobre la salud, la educación, la ciencia, el ambiente y una larga lista de políticas públicas, el uso de un avión estatal para trasladar a la esposa de Manuel Adorni a Nueva York exhibe con crudeza que la motosierra no corta parejo.

A ese sincericidio se le sumó otro, todavía más revelador: “A ver, nosotros no somos como el resto”. Ahí aparece el verdadero ADN libertario: no solo un proyecto de ajuste, sino también una puesta en escena de superioridad moral. El mileísmo no quiere ser apenas una fuerza política; quiere presentarse como una secta de elegidos, una minoría iluminada que vino a purificar una democracia corrompida. Pero la política no se ordena con frases de panelista ni con poses de pureza ética, se ordena con coherencia, y cuando un gobierno le exige austeridad feroz a la sociedad mientras tolera privilegios para los propios, la superioridad moral se convierte en caricatura.

El problema para Orozco es que esa presunta diferencia con “el resto” se desarma apenas aparecen los nombres y los antecedentes. A nivel nacional, el oficialismo quedó salpicado por episodios resonantes como la causa Andis, la causa Libra y el escándalo del senador Kueider, todos golpes directos a la narrativa de transparencia automática con la que La Libertad Avanza intentó blindarse. Más allá del derrotero judicial de cada caso, el daño político ya existe: el gobierno que prometía barrer con la corrupción convive con sombras cada vez más difíciles de disimular.

Y en Salta, la cosa tampoco resiste demasiada épica. Emilia Orozco no llegó a la política desde un monasterio republicano sino desde las filas de Alfredo Olmedo, siempre cuestionado por el escándalo de Salta Forestal y la concesión estatal de miles de hectáreas. Su propia irrupción institucional se dio tras la destitución del concejal olmedista “Chuky” Flores, arrastrado por antecedentes por robo a mano armada. Es decir: la dirigente que hoy pretende pararse por encima del barro político salió, justamente, de una estructura cargada de manchas, favores y prontuarios incómodos. Decir “no somos como el resto” desde ahí no suena a convicción; suena a impostura.

La confianza de la gente, como bien dijo Orozco, es un capital frágil. Pero no se pierde por una operación ni por una crítica; se pierde cuando el pueblo tiene que ajustarse el cinturón mientras el poder viaja cómodo, se autocelebra y se cree moralmente superior. Se pierde cuando la anticasta termina siendo apenas una estética de campaña y los supuestos distintos se revelan demasiado parecidos. Tal vez el horno del que habló la senadora ya esté encendido, y lo más grave para su gobierno, es que no lo prendió nadie de afuera: lo encendieron ellos solos.

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