Durand abrió sesiones con un “relato de gestión” basado en orden, seguridad y trabajo

01/03/2026 Anunció obras por más de $100 mil millones

En la Apertura de Sesiones Ordinarias 2026, el intendente Emiliano Durand construyó un mensaje con una arquitectura política nítida: diagnóstico duro del punto de partida, validación de autoridad a través de números y una promesa de transformación apoyada en dos ejes que repitió como demanda social prioritaria: seguridad y trabajo.

Emiliano Durand eligió la Apertura de Sesiones Ordinarias 2026 para plantar una idea central: en Salta ya no alcanza con gestionar lo cotidiano; hay que gobernar el conflicto. Lo hizo con un discurso de identidad, construido sobre tres pilares que funcionaron como diagnóstico y programa: una ciudad “crítica” heredada, un país en recesión que retiró recursos, y vecinos que ya no piden solo calles, sino seguridad y trabajo.

El intendente habló dos veces al mismo tiempo. A los vecinos, con un mensaje directo, de barrio, de sentido común. A la política, con un texto que ordena responsabilidades, marca adversarios y señala límites presupuestarios. El resultado: un relato de gestión donde la austeridad no es solo contabilidad, sino argumento moral, y donde el orden se vuelve una bandera con contenido punitivo, urbano y cultural.

Herencia y contexto: la escena inicial para justificar decisiones

Durand arrancó ubicando el punto de partida en tres “condiciones” que, según dijo, atravesaron a la gestión desde el día uno. Primero, la herencia: describió calles detonadas, obras abandonadas, barrios olvidados y una deuda superior a $7.000 millones. No se quedó en generalidades: apuntó directo a Bettina Romero, afirmando que “abandonó la ciudad siete meses antes de dejar su mandato”. Más que un dardo, fue el marco: la ciudad como problema heredado y la gestión actual como reparación.

Segundo, el contexto nacional: caída de coparticipación, obra pública nacional cortada y recesión. El intendente buscó instalar un concepto político que viene creciendo en los municipios: el Estado local como última ventanilla, obligado a responder con menos recursos. La frase implícita es simple: “nos dejaron solos”.

Y tercero, el cambio de prioridades vecinales: la gente ya no pide únicamente plazas o calles; pide seguridad y trabajo. Con esa definición, Durand fijó agenda. Y al fijar agenda, delimita el terreno donde quiere ser evaluado.

“No elegimos el contexto, sí el camino”: el orden como legitimación

La consigna de Durand fue clara: no se eligió el contexto, se eligió el camino. Ese camino es “ordenar”: achicar planta política, eliminar gastos, terminar con despilfarro. La comparación con el hogar (“hacer lo que cualquier vecino hace”) no es ingenua: intenta convertir la administración en ética. Cuidar la plata como prueba de honestidad y racionalidad.

Desde ahí, el intendente pasó a los números como escudo: más de 4.300 cuadras intervenidas en dos años; 223 frentes de obra en el último año; una obra cada 37 horas. Pero el punto fuerte no es la cifra: es el encuadre político. Remarcó que 78% de las obras fueron en barrios y que 9 de cada 10 pesos salieron de recursos municipales. La traducción es un mensaje de autonomía: “sin Nación, igual hicimos”.

Iluminar como política de seguridad: recuperar la ciudad de noche

Durand le dio a la iluminación un estatuto estratégico: no la presentó como mejora estética, sino como dispositivo de seguridad. “Un espacio iluminado es un espacio que se empieza a usar”, dijo, y lo definió como un lugar “ganado” a la delincuencia. En términos políticos, es una idea potente: la seguridad se construye también con urbanismo.

Enumeró metas concretas: de 7.000 luminarias LED al inicio a 16.000 actuales; 17.000 más en 2026; y un horizonte de 45.000 LED al final de la gestión, más del 65% del alumbrado público. Y reforzó con ejemplos simbólicos: Plaza Alvarado como postal de uso masivo y la Plaza de los Deportes, cuya concurrencia habría crecido fuertemente tras la iluminación.

La iluminación, en el discurso, no es un número: es una escena. El vecino que vuelve tranquilo, el comerciante que abre sin miedo, los chicos jugando de noche. Durand construye seguridad con imágenes cotidianas: una política pública narrada como vida diaria.

El espacio público: reglas claras y una decisión de confrontación

El tramo más “político” del discurso apareció cuando el intendente habló de ocupaciones irregulares y control del espacio público. Definió que plazas, parques, veredas y platabandas “no pueden ser tierra de nadie” y subrayó que “ordenar no es perseguir; ordenar es cuidar”.

Ahí quedó claro qué tipo de liderazgo busca encarnar: el que se anima a poner límites. Dijo que en dos años recuperaron más de 30.000 metros cuadrados tomados (equivalente a tres manzanas). Y llevó el concepto a una medida concreta: impulsó un proyecto de ley para endurecer penas contra los “trapitos”, describiendo una situación de violencia y extorsión que afecta a mujeres, trabajadores y comerciantes.

No fue solo una propuesta: fue un emplazamiento. Señaló que el Senado ya dio media sanción y pidió a Diputados acompañar, y remató con una línea que intenta clausurar excusas institucionales: no se puede discutir competencias mientras la gente espera respuestas. En otras palabras: cuando el miedo gobierna la calle, el Estado tiene que actuar.

Trabajo: anti-asistencialismo y “economía real” con oficios

El segundo gran eje fue el trabajo, presentado como respuesta a la crisis social. Durand explicitó una posición: rechazo al asistencialismo entendido como resignación y apuesta por herramientas para que la gente “salga adelante”.

Ahí desplegó una batería de políticas con tres niveles:

  1. Formación masiva: Escuela de Emprendedores con 140 mil alumnos, ofreciendo desde inteligencia artificial e idiomas hasta oficios tradicionales.

  2. Oficios con salida inmediata: anuncio de la Escuela Municipal de Mecánica de Motos y Autos, nacida por pedido vecinal, con certificación y formación práctica.

  3. Proyección productiva: Escuela de Minería, justificando expansión del sector y necesidad de mano de obra calificada para que los puestos “queden en Salta”.

El corazón simbólico de este capítulo fue la Fábrica Municipal de Oficios: la presentó como “primera del país” y como decisión que marca “identidad de gestión”. Sumó historias personales (madres, jóvenes, emprendedores) para convertir el programa en prueba emocional: no solo política pública, sino biografías que la gestión dice haber rescatado del abandono.

La nueva etapa: obra pública récord y la disputa por el plan hídrico

Con el tramo de anuncios, Durand buscó mostrar escala: más de $100.000 millones destinados a infraestructura y un listado de obras para conectividad y seguridad vial. Pero el anuncio más “de barrio” —y, por eso, más electoral— fue el programa histórico de veredas y cordón cuneta por $10.000 millones con recursos propios: el paso previo al pavimento, el símbolo de la mejora que se toca.

El cierre elevó el conflicto a otro nivel: el plan hídrico contra inundaciones costaría más de $700.000 millones, algo imposible de afrontar solo con presupuesto municipal. Y ahí Durand dejó un mensaje para adentro del Concejo: hay concejales alineados con Nación que podrían gestionar recursos. Dijo que no le interesan peleas políticas, pero el señalamiento quedó hecho: la ciudad tiene proyecto y decisión; lo que falta es financiamiento.

Lo que deja el discurso

Durand no solo enumeró obras: intentó fijar un marco para ser juzgado. Su discurso propone una identidad: orden como cuidado, seguridad como presencia estatal y trabajo como dignidad. La confrontación con la gestión anterior le sirve para definir el punto de partida; la crisis nacional, para justificar límites; y la agenda de seguridad/trabajo, para concentrar expectativas.

En síntesis, Durand habló como quien quiere consolidar un “modo de gobernar” en Salta: cercano en el lenguaje, duro en las reglas, y obsesionado con convertir la gestión en un relato de resultados. Su apuesta es clara: que en tiempos de crisis, el vecino premie al Estado que hace, controla y habilita oportunidades aunque para eso tenga que meterse, de frente, en los conflictos que otros prefieren esquivar.

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