---
canonical_url: "https://eltinterodesalta.com/contenido/10069/ensayo-por-que-le-damos-la-espalda-a-la-naturaleza"
title: "Ensayo | ¿Por qué le damos la espalda a la naturaleza?"
article_type: "Article"
main_image: "https://eltinterodesalta.com/download/multimedia.normal.9babb43456e9b731.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp"
date_published: "2026-06-02T23:41:00-03:00"
date_modified: "2026-06-11T13:03:39-03:00"
tags:
  - "Ambiente"
  - "Enrique Derlindatti"
  - "Ensayo"
  - "Naturaleza"
author_name: "Por Enrique Derlindati, doctor en Biología"
category_name: "Medio Ambiente"
category_url: "https://eltinterodesalta.com/categoria/16/medio-ambiente"
---

# Ensayo | ¿Por qué le damos la espalda a la naturaleza?

**![ChatGPT Image 2 jun 2026, 23_59_17](/download/multimedia.normal.b584c2740fd154c0.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)**

**Entre el crecimiento urbano, el turismo, la producción y la conservación, el autor plantea una pregunta incómoda: ¿por qué seguimos destruyendo aquello de lo que dependemos para vivir?**

Caza cultural, pesca indiscriminada, incendios forestales, desmontes y contaminación con efluentes cloacales. El resumen de **noticias ambientales de mayo**parece una secuencia repetida de problemas, deterioro y daño ecológico.

A simple vista, podría pensarse que se trata de hechos aislados, desconectados entre sí, pero en realidad forman parte de una misma lógica: **una sociedad que consume naturaleza, vive de ella y la promociona como un valor**, aunque sin comprender realmente cómo funciona ni asumir la responsabilidad que implica conservarla.

Paradójicamente, **mientras aumentan las noticias sobre degradación ambiental, también crece el discurso social que plantea un acercamiento a lo “natural”**. Hoy casi todo se vende asociado a la naturaleza: turismo de aventura, experiencias auténticas, barrios en entornos verdes, vida saludable, aire puro y contacto con paisajes “vírgenes”.

Gobiernos, desarrolladores inmobiliarios y empresas turísticas promocionan permanentemente actividades y proyectos vinculados a ambientes naturales. Sin embargo, en la mayoría de los casos, **ese vínculo está pensado únicamente desde el consumo y no desde la conservación**. El problema es que muchas de esas actividades terminan deteriorando justamente aquello que las hace posibles.  
  
Los llamados **servicios ambientales**—o, más técnicamente, servicios ecosistémicos— **son los procesos sostenidos por la estructura y funcionamiento de los ecosistemas**que permiten nuestra vida cotidiana. Son los bosques regulando inundaciones, los humedales reteniendo agua, los suelos fértiles sosteniendo producción, los polinizadores garantizando alimentos, los ambientes sanos disminuyendo enfermedades, y también los paisajes que sostienen actividades recreativas, culturales y turísticas.

Estos servicios no son abstractos ni decorativos, son infraestructura natural indispensable para cualquier sociedad. Sin embargo, suelen ser invisibles hasta que comienzan a fallar.

Irónicamente, los servicios ecosistémicos son los primeros afectados cuando avanzan proyectos mal planificados, y muchas veces el daño es irreversible. Lo que queríamos “vender” como atractivo termina deteriorándose: **ríos contaminados, pérdida de biodiversidad, incendios más frecuentes, erosión, sequías locales, colapso paisajístico o pérdida de identidad cultural.**

Los ejemplos sobran: datos de universidades y organismos científicos muestran que desde 2020 en Argentina el crecimiento de urbanizaciones abiertas y countries alcanzó aproximadamente los 700 km².

En Salta, las estimaciones indican una expansión cercana a los 95 km² entre loteos, barrios privados y nuevas áreas urbanizadas periféricas. Dependiendo de la región, esto representa entre un 12% y un 20% de aumento sobre la superficie urbana inicial.

Al mismo tiempo, aproximadamente una de cada cinco agencias turísticas visibles de Salta utiliza explícitamente la naturaleza como eje de identidad comercial: paisajes, montañas, quebradas, biodiversidad, aventura o experiencias en ambientes “puros”. Es decir, gran parte de la economía turística provincial depende directamente de ecosistemas funcionales y paisajes conservados.

Entonces surge una pregunta inevitable: ¿dónde está el problema? ¿Por qué desvalorizamos la naturaleza mientras dependemos cada vez más de ella? ¿Por qué es tan difícil poner en valor los ecosistemas nativos y su biodiversidad?

No son preguntas simples y probablemente no exista una única respuesta. Pero un punto de partida, aunque suene a frase repetida, es que no cuidamos lo que no conocemos. Incluso podríamos agregar algo más profundo: no cuidamos lo que no entendemos.

La mayor parte de las intervenciones sobre ambientes naturales se realizan sin comprender cómo funcionan esos ecosistemas. Muchas veces se asume que responden de manera similar a modelos observados en Europa o Estados Unidos, ignorando completamente las particularidades ecológicas locales. Esa presunción lleva a cometer errores graves en planificación territorial, manejo del agua, forestación, urbanización y turismo.

Lo más preocupante es que **existe poco interés en estudiar, enseñar y divulgar el conocimiento ambiental local**. Los contenidos educativos siguen teniendo más referencias a animales africanos, europeos o de documentales internacionales que a especies nativas del norte argentino. Un estudiante puede reconocer un león o un oso polar antes que entender qué función cumplen los polinizadores nativos, los bosques chaqueños o los pastizales de altura.

Esa **desconexión cultural**genera una consecuencia profunda: **la naturaleza local se vuelve algo ajeno**. Se pierde el sentido de pertenencia. Lo nativo pasa a verse como menos valioso que lo exótico. Muchas veces incluso se considera a los ambientes naturales como espacios improductivos, peligrosos, vacíos o “sin uso”.

En ese contexto, **las políticas públicas son fundamentales**. No alcanza con discursos sobre sustentabilidad o turismo verde. Es necesario estimular y priorizar el desarrollo de planes de manejo, conservación y aprovechamiento racional de los ecosistemas nativos. Toda actividad sostenida por la naturaleza debería contar con estudios de base precisos y monitoreos reales, no con evaluaciones ambientales realizadas únicamente como requisito administrativo para aprobar proyectos. **Aquí aparece otro problema crítico: la debilidad institucional de las evaluaciones de impacto ambiental.**

En una revisión de proyectos productivos de los últimos años **en Salta no existe un registro público**claro que indique cuántos proyectos fueron rechazados por evaluaciones ambientales negativas. De hecho, el sistema tiende a publicar mucho más fácilmente las aprobaciones —las conocidas Declaraciones de Impacto Ambiental (DIA)— que los rechazos, observaciones o conflictos.

Ese mecanismo genera una falsa percepción de normalidad. Como casi todo aparece aprobado, pareciera que no existen impactos relevantes. Se instala así una especie de “sesgo de positividad”, una tendencia social e institucional a enfocarse únicamente en lo favorable y minimizar los riesgos o consecuencias negativas.

Este sesgo produce una forma de optimismo ingenuo: creemos que todo va a salir bien incluso cuando existen señales objetivas de deterioro. Se naturaliza la idea de que cualquier proyecto es automáticamente sinónimo de progreso, y que cuestionar impactos ambientales es un obstáculo para el desarrollo. **El problema es que los conflictos no desaparecen por ignorarlos, solo se postergan**.

Entonces, cuando el deterioro se vuelve evidente —falta de agua, incendios más frecuentes, pérdida de biodiversidad, contaminación o conflictos territoriales— aparecen debates completamente polarizados y mal planteados: minería versus conservación, trabajo versus ambiente, producción versus áreas protegidas.  
Son **discusiones falsas**porque parten de una idea equivocada: que la naturaleza es un límite para el desarrollo y no su condición básica de funcionamiento.

Sin ecosistemas sanos no hay turismo sostenible, no hay producción agrícola estable, no hay regulación hídrica, no hay ciudades resilientes y tampoco calidad de vida. El deterioro ambiental no es un problema “verde” aislado. Tiene impactos económicos, sanitarios, culturales y sociales directos.

La evidencia internacional es clara: las sociedades que destruyen sus sistemas naturales terminan pagando costos mucho más altos en infraestructura, salud pública, catástrofes ambientales y pérdida de productividad.

**Salta todavía está a tiempo de discutir esto de manera seria**. Tiene una enorme riqueza biológica, paisajística y cultural. Pero también enfrenta presiones cada vez mayores sobre el territorio: expansión urbana desordenada, incendios, sobreuso del agua, contaminación, desmontes y fragmentación de hábitats.

La pregunta ya no es si debemos desarrollarnos o conservar. La verdadera discusión es cómo construir un desarrollo capaz de sostenerse en el tiempo sin destruir las bases naturales que lo permiten.

Porque sin una naturaleza funcional, con ecosistemas diversos y poblaciones de organismos sanas, no habrá progreso real. Habrá crecimiento momentáneo, consumo rápido y beneficios de corto plazo, pero el resultado final será un deterioro progresivo de nuestra calidad de vida.

No hace falta esperar una crisis más profunda para reaccionar. Las herramientas existen, el conocimiento científico existe y también existe una demanda social creciente por ambientes sanos y ciudades más habitables. **Lo que falta es decisión política, planificación y una ciudadanía que exija que el ambiente deje de ocupar un lugar marginal en la agenda pública**. La naturaleza no es un lujo ni un obstáculo, es la base invisible que sostiene todo lo demás.

---

*Contenido creado y optimizado para IA con [Medios CMS](https://medios.io)* — Plataforma profesional para la gestión de medios digitales y portales de noticias.
