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El arte de enseñar como una inefable experiencia de vida

Antes que el reloj marque el inicio de un nuevo día, compartimos la experiencia de la docente jubilada María Cristina Vázquez que compartió su vida junto a la docencia atravesando todo tipo de obstáculos dando todo de sí aportando su granito de arena para que muchas niñas y niños se formen. Nuestro homenaje a todas las maestras y maestros de nuestra Salta que enseñan, educan y luchan.

Cuando una tarde calurosa de febrero mi amiga de toda la vida me llamó por teléfono a la casa de mi tío Serafín, que vivía en frente de casa, no imaginé los hechos que se sucederían a partir de mi decisión. De inmediato acepté su propuesta, comuniqué la decisión a mis padres, preparé mi bolso y partí hacia San Salvador de Jujuy. Allí me esperaba Lucrecia con su esposo.

En el camino saludaron a algunos familiares, luego, cargaron en la camioneta algunos bultos con mercaderías y se sumaron otros docentes. Ya de tarde pasamos por Purmamarca y empezamos a ascender la Cuesta de Lipán. El paisaje era sorprendente, mucho más para mí que no tenía experiencias viajeras.

Recuerdo que atravesamos las Salinas, la temperatura empezó a descender y al atardecer llegamos a un pequeño y solitario lugar con corrales. Después continuamos viaje y llegamos tras recorrer kilómetros de aridez y desolación a Susques.

Este pequeño pueblito –como tantos- se erigía en un valle al resguardo de sendas montañas. Un caserío, una escuela primaria y una comisaría daban vida al lugar. Una iglesia escasamente visitada abría sus puertas solamente para una celebración anual. Luego supe que la Iglesia de Susques data de 1598, siendo una de las primeras iglesias representativas de la arquitectura colonial.

Cuando llegamos me acomodé en una habitación precaria, alquilada al pie de un cerro. Mi amiga me ayudó a trasladar una cama y un colchón prestados de alguna señora del lugar. El mobiliario se completaba con un pupitre escolar de madera y una silla. Desde una pequeña ventana podía observar el cielo nocturno salpicado de estrellas brillantes y oír el aullido lastimero de algunos perros.

Los días transcurrían velozmente, pues mi trabajo ocupaba mi tiempo desde muy temprano hasta las 17. Fue mi primera incursión laboral. Allí me estrené como maestra de 34 pequeños de Primer Grado. Pude recordar durante un tiempo algunos nombres: Lucía, Antonio, Luis, María, Esteban, Nora, Armando…

Cristina Vázquez, en Nazareno, lugar donde se jubiló

La experiencia fue corta pero intensa. Fue mi primera vez lejos de casa y pude asomarme a un mundo que me mostró una mano fraterna y también los diversos rostros del ser humano.

Después de tres décadas volví y con un amor entrañable recorrí algunas calles y visité la escuela. Una ruta asfaltada, una estación de servicio, un transporte de colectivo, algunos comercios, daban cuenta del tiempo transcurrido.

Bajo ese sol potente llegué a comprobar que lo que fue, ya no es, y los momentos felices como las cicatrices habitan, transcurren y se extinguen en las vidas de las personas que las crearon.




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