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La violencia económica en primera persona, tres historias, el mismo flagelo

La violencia económica por la falta de pago de la cuota alimentaria hace estragos en la vida de niños, niñas adolescentes y de sus madres. Tres historias que son una ventana a esa realidad. 

Por Natalia Fernández 

La pandemia de CoVid-19 profundizó las desigualdades existentes y reforzó la precarización laboral, especialmente en el ámbito informal. Quienes más sufrieron este embate, que ya venía gestándose con el proyecto económico del macrismo, fueron las mujeres y jóvenes. Esto, como efecto colateral, también agravó la situación de niños, niñas y adolescentes.  Aumentó el cese del pago de alimentos y hay pedidos en la justicia de disminución de la cuota alimentaria.

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En Argentina, según el  Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC), el 97,7% de niños, niñas y adolescentes viven con sus madres y 3 de cada 10 madres no convive con el padre de sus hijos, de ellas sólo 1 de cada 4 recibe el pago de la cuota alimentaria.

En julio del año pasado, el Centro de Graduados organizó un taller titulado “Los juzgados de familia y el trabajo en tiempos de pandemia”, que estuvo a cargo de la jueza María Victoria Famá. Allí, explicó que si bien la recesión económica generada por la pandemia afectó a la población en general, y aclaró que esto significa que también hay una mayor necesidad de que el pago se efectivice, e incluso que haya un aumentos en la misma. “La cuarentena en sí implica mayores gastos. Algunos pueden plantear que se disminuyen los gastos por la falta de esparcimiento pero la verdad es que, por otro lado, se incrementa el gasto en datos móviles, en tecnología y en otras cuestiones vinculadas al entretenimiento de los niños que están las 24 horas encerrados dentro de sus casas”, expuso y planteó que también se generaron pedidos de progenitores para disminuir la cuota, alegando que vieron reducidos sus ingresos durante la pandemia. 

Además, en una entrevista con Página|12, Famá aseveró que durante el año pasado hubo un incremento en el cese del pago de la cuota alimentaria. Las madres que crían solas, o ayudadas en parte por su familia de origen, producto del abandono del otro progenitor, no fueron contempladas en los programas de asistencia del Estado, lo que las coloca en un estado mayor de desprotección.

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Susana*, madre de un adolescente, divorciada hace 9 años contó que nunca recibió el pago de la cuota alimentaria. Siendo madre adolescente postergó sus estudios superiores para construir el proyecto familiar que tenía con el padre de su hijo, después de separarse se encontró sin experiencia laboral, lo que le impidió por mucho tiempo acceder al mercado de trabajo, sin estudios de grado y con la carga de cuidados completa. “Pude sostenerme por la ayuda de mi mamá, estoy tratando de avanzar en mis estudios pero con un trabajo precarizado, un hijo adolescentes y sin otros ingresos es muy difícil”, relató. Susana explicó que no sabía que ella podía pedir que le depositaran el SUAF, cuando se enteró, el padre de su hijo ya había perdido el empleo y había empezado con un emprendimiento propio, como tiene deudas en el monotributo, a su hijo no le corresponde el pago de AUH. 

Este año, Susana inició la demanda de alimentos, aún no sabe cómo va a resolver el pago de los honorarios y desde febrero que espera el llamado a mediación. “Yo no creo que se resuelva ahí, seguro vamos a tener que ir a juicio, es un gasto que no sé como voy a enfrentar, pero mi hijo lo necesita”, dijo. 

Carolina* no está en una situación mucho mejor. A los 18 años se quedó embarazada y sostuvo sus estudios de grado durante 3 años hasta el nacimiento de su segundo hijo. Carolina aportó al proyecto familiar asumiendo las tareas de cuidado y trabajo doméstico, posponiendo sus proyectos personales. Se divorció a principios de este año y la sobrecarga en el cuidado de los niños se profundizó. “ Cuando me separé del papá de mis niños me pasaba un poco de mercadería y carne, plata no porque según él no me correspondía”, relató y expuso que ella empezó a compartir con sus padres el cuidado de los niños para poder tener algún tipo de ingreso. “Iniciar todo este proceso me trajo muchas noches de desvelos. Nunca me imaginé tener que enfrentarme a la persona que creí que nunca les iba a hacer faltar nada a mis hijos y que iba a estar siempre presente en la vida de ellos”, añadió y explicó que ya lleva dos meses esperando el pago de alimentos. 

Lucrecia*, también fue una madre adolescente, 12 años después sigue sin cobrar ninguna cuota alimentaria. “El papá de mi hijo tiene de todo, casa, auto y aún así le pasa $100 para sus gastos, ¿qué se puede hacer con eso?”, contó. Lucrecia nunca inició la demanda por alimentos, además hubo situaciones de violencia contra su hijo por lo que tampoco tiene contacto con el padre. “Yo no tengo plata para hacerle juicio, además la justicia es re injusta con las mujeres y la verdad es que no les importa que una se esté muriendo de hambre”, dijo con angustia. 

Estas historias son una pequeña ventana de cómo afecta a las mujeres, niños, niñas y adolescentes la falta de pago de la cuota alimentaria, como así también la victimización que existe en los procesos judiciales. Las mujeres que pudieron iniciar las demandas por alimentos tuvieron que presentar la mayor cantidad de comprobantes de los gastos que tienen destinados al bienestar de sus hijos, que van desde las compras en el supermercado hasta el pago de las cuotas de los clubes, o el colegio,  a los que asisten sus hijos. 

“Tener que demostrar que mi hijo come, va a la escuela y hace deporte es indignante, la justicia debería dar por hecho que los chicos hacen todas estas actividades, porque son necesarias para su desarrollo”, concluyó Susana.

Por su parte, Carolina aportó: “Cuando inicié todo me di con una justicia que no obliga a los progenitores a que se hagan cargo de la crianza de los niños, queda a libre decisión de cada uno, y por lo tanto la sobrecarga va hacia el progenitor conviviente. Además la justicia tiene ciertos porcentajes ya marcados para la cantidad de niños que uno tiene, no importa cual sea la realidad que pasen esos niños. En mi caso el progenitor solo puede verlos 4 horas semanales con lo cual yo tengo que ver con quién quedan si tengo que salir a trabajar o acomodar mis horarios a los horarios escolares”. 

*El nombre de las mujeres fue cambiado para proteger su identidad y la de sus hijos, ya que dos de ellas se encuentran en medio de procesos judiciales.




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