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La grieta volvió a abrirse en el peor momento

Las medidas de Alberto Fernández son cuestionadas mediante un discurso que une varios puntos atendibles, pero que se apoya fundamentalmente en lo emotivo; en el cansancio, frustración e incertidumbre de la población. Resuena con más fuerza una alternativa de manejo de la pandemia de tipo bolsonarista, justo en un momento en donde necesitamos pensar con frialdad.


Argentina está viviendo un recrudecimiento de sus clásicos enfrentamientos ideológicos, representados desde hace tiempo en la figura de “la grieta”. Las medidas restrictivas de Alberto Fernández para ciudad de Buenos Aires y AMBA fueron el último detonante. Con denuncias cruzadas entre el jefe de gobierno porteño y el presidente -que no fueron saldadas en su posterior reunión- comenzó un debate que promete nuevos episodios. En este momento, asociaciones gastronómicas y colegios privados anuncian que no acatarán el cierre y a ellos se suman decenas de miles de porteños que ven atacada seriamente su economía y su libertad individual.


Ahora bien, las medidas de Alberto Fernández son atacadas desde distintas ópticas; desde lo legal/constitucional hasta desde lo epidemiológico. Por ejemplo, se ha popularizado la idea de que el colegio no ha sido una fuente de propagación del virus. El supuesto se basa en que se han reportado pocos casos de contagio, pero lo que no se dice es que entre los más pequeños suelen darse muchos casos asintomáticos que, por tal motivo pasan desapercibidos pero que sí tienen consecuencias, cuando el niño sube al transporte público o vuelve a su hogar, en el que está en contacto con mayores.
Es decir, más allá del dudoso dato empírico, que hay que sopesar con la falta de tests y la presión de los directivos escolares para la continuidad presencial, la lógica indicaría que los lugares en donde se producen grandes concentraciones pueden transmitir la enfermedad. Así lo entendió no sólo Argentina sino en este momento los países europeos y nuestros vecinos de Chile y Uruguay. En todos ellos, la cuarentena implicó el cierre de establecimientos educativos.

Las críticas al cierre escolar son atendibles, pero lamentablemente, una vez más, se tomó una polémica como bandera para recrudecer la grieta. Ya no se habla de razones técnicas o epidemiológicas sino de un cruce de imaginarios sociales en donde el miedo, la irritación, el cansancio y la construcción de enemigos toma lugar. El presidente ha venido teniendo posiciones erradas, como una exagerada apertura en el verano o durante el funeral de Maradona. Fernández parece improvisar, pasando de medidas débiles a muy duras sin solución de continuidad. La “cuarentena inteligente” que alguna vez se propuso, nunca existió. Sin embargo, el descontento pretende ser capitalizado por una línea bolsonarista de liberalización absoluta en el peor momento regional de la pandemia.

Con Bolsonaro, lo peor todavía no llegó

Chile ya administró un promedio de 60 dosis por cada 100 habitantes para finales de marzo, sin embargo, el número de nuevos contagios llegó a 7.357 y se registró la cifra récord de fallecidos en 24 horas: 218 decesos, el más alto desde el primer caso de coronavirus reportado en el país en marzo de 2020.

Perú, Ecuador, Nicaragua, Brasil, Bolivia y México ocupan los primeros lugares en una tabla global de exceso de mortalidad desde el inicio de la pandemia, compilada por el Financial Times. Muchos especialistas todavía se preguntan por qué en Latinoamérica se están registrando más muertes que en países africanos o asiáticos, con condiciones sanitarias iguales o peores.

Brasil, por ejemplo, hogar de casi 214 millones, ha visto morir a más de 361 mil 800 personas a causa de COVID-19, más del doble de la cantidad de muertes en India, que tiene una población mucho mayor de mil 400 millones. La tasa de mortalidad de Brasil es aún más impactante si tenemos en cuenta que la población es mucho más joven. Otro caso llamativo es Indonesia, que con una población 5 veces mas grande que Argentina y con 10 veces mayor densidad registra la misma cifra de decesos que nuestro país.

Se podrá argumentar que los registros en esas regiones quizás no sean tan fiables, lo cierto es que en el último tiempo su inversión en salud pública se colocó por encima que los de nuestra región, contando con hospitales de calidad similares a los nuestros.

Y hay un problema aún peor del que poco se habla: el surgimiento de nuevas cepas. A la de Manaos se rumoreaba que la iba a seguir la cepa San Pablo o la Buenos Aires. Los datos todavía no son concluyentes al respecto, pero no sería descabellado pensar en una situación así. Denise Garrett, epidemióloga que trabajó durante más de 20 años en el Centro para el Control de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) del Departamento de Salud de EE.UU., aseguró en una entrevista para la BBC que Brasil y la región son el mayor laboratorio de nuevas cepas del mundo.


La política de Bolsonaro ha favorecido la circulación irrestricta y la proliferación de nuevas variantes. “La muerte de niños y jóvenes está relacionada a la altísima circulación que favorece a que el virus vaya “probando” nuevas variantes hasta encontrarlas afianzarse en todos los estratos etarios.


Esta es, a muy grandes rasgos, la realidad que nos toca vivir. Latinoamerica necesita menos bolsonarismos y más seriedad y cabezas frías para pensar en estrategias regionales frente a un problema que está lejos de terminarse.  Ese escenario se ve cada vez mas distantes en un continente dominado por el hastío, la pobreza y el recrudecimiento de la polarización ideológica.




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