full screen background image

A propósito del hallazgo de restos humanos encontrados en Rivadavia Banda Sur

La historia de Rivadavia Banda Sur demuestra que Salta también tuvo su «Napalpí» y su «Rincón Bomba», la magnitud de las matanzas, igual o superior a las de Chaco y Formosa, es proporcional a la impunidad que aún reina en la provincia y a la negación de la verdad histórica.

Escribe JV González

Hace unas semanas, durante la apertura de caminos en Rivadavia Banda Sur, se hallaron restos óseos de tres personas no identificadas, generando la intervención de la Fiscalía Federal de Salta, de la Gendarmería Nacional y del Encuentro Memoria Verdad y Justicia de Orán.

El aviso a la organización de derechos humanos por parte de una docente local responde a una de las hipótesis, la que se difundió por medios de comunicación, que plantea la posibilidad de tratarse de desaparecidos de la última dictadura militar. Rivadavia Banda Sur tuvo un desaparecido reconocido durante éste período, Néstor Alberto Oliva, oriundo de “Pozo Verde”, paraje donde fue sepultado en 2014, luego de haber sido encontrado por la EAAF en una fosa común pero del cementerio de Las Heras, en Mendoza.

Si bien no hay que descartar ninguna posibilidad porque, como dijo una vez Juan Carlos Dávalos, al prologar la novela de Gauffin, “Rivadavia es la tierra de la impunidad”, la existencia de fosas comunes y restos de personas no identificadas por todo el municipio, dan cuenta de la violencia ejercida durante décadas contra la población indígena, al menos desde 1860 hasta 1940.

La hipótesis que se corresponde con ésta realidad es la que afirma que se trata de población indígena que durante el proceso de colonización y ocupación, es decir, de incorporación de tierras y fuerza de trabajo indígena a la producción capitalista, y una vez consumado el mismo, sufrió matanzas al menos por 80 años. El presente y futuro de RBS se explica por este proceso de expropiación y sometimiento, no porque existan «buenos» y «malos» sino porque hubo «derrotados» y «vencedores».

Es falso el mito de la colonización europea, más allá de algún colono aislado vinculado al comercio informal, no hay familia chaqueña que no tenga raíces indígenas, si no son wichí/toba/guaraní, son descendientes de santiagueños quichua hablantes o bolivianos aymaras/quechuas, siendo estos últimos los colonizadores efectivos de la región chaqueña, en general se trata de puesteros criadores de ganado criollo.

A diferencia de los colonos “efectivos” que ocuparon territorio y avanzaron hacia el Bermejo, los «colonos blancos» siempre estuvieron lejos, como propietarios ausentes, o duraron lo que duró la ilusión de convertir a Rivadavia en «puerto del norte», al igual que Colonia/Villa del Carmen, como explica Luis María de la Cruz, ya para 1902 colonos como Astrada migraron al norte del Bermejo a colonizar tierras sobre la costa del Pilcomayo en dirección noreste luego de la degradación del suelo y la perdida de los pastizales que abundaban previo a la incorporación del ganado criollo.

La Colonia Rivadavia pasó de 1.622 habitantes en 1869 a 9.184 en 1895 (sin contar a la población indígena que se trataría de varios miles, como reconocieron en la expedición de Leach al observar la canalización del Bermejo a cargo de Natalio Roldán), convirtiéndose así en la localidad más poblada de la provincia luego de Salta capital, durante los “años dorados”, y cayendo a 5.755 para 1914.

Esta necesidad de tierras aptas para la ganadería extensiva, sumado a las inundaciones recurrentes del Bermejo y al cambio del cauce, entre otros factores, hicieron que la “prosperidad” durara muy poco, convirtiendo al pueblo, durante el siglo XX, en territorio marginal en términos productivos, con muy baja densidad poblacional, con población “golondrina” dedicada al trabajo rural o actividades de supervivencia, y con un extenso territorio de casi un millón de hectáreas con tierras y mano de obra a explotar sin ningún control o marco legal efectivo, dando lugar a expoliaciones y negociados vinculados con el poder político que convirtieron al departamento Rivadavia en el más pobre de la provincia y el segundo más pobre del país.

Como dijimos, la colonización durante la segunda mitad del siglo XIX buscaba tierras aptas para la ganadería extensiva, pero la intervención del Estado y las Iglesias buscó principalmente disciplinar a la población indígena para explotarla como mano de obra barata tanto para la industria como para el trabajo doméstico de las familias criollas. Creer que ésta población vive en el monte de la caza y la pesca aislada del resto de la sociedad nacional, es negar éste proceso y las causas de tantos muertos. En todo caso, la sedentarización, la ocupación de tierras marginales e inundables, las necesidades básicas insatisfechas, la ocupación en actividades de subsistencia y las condiciones de vida actual, son consecuencia del mismo.

La población indígena, como estrategia de supervivencia ante tanta hostilidad, se asentó en las misiones donde el poder lo tuvo la Iglesia, antes franciscana, luego anglicana y ahora evangélicas, haciendo carpintería, artesanías o agricultura; trabajando en fincas o empresas de la industria agrícola, antes en los ingenios azucareros y obrajes, ahora cosechando porotos o limones, desmontando para plantar soja, cortando postes o alambrando para la ganadería, o en tierras lejanas como en las cosechas de manzanas en el Alto Valle de Río Negro; se encuentran como peones o trabajadoras domésticas limpiando ropa o sirviendo a familias criollas, de allí surge el «mestizaje» no reconocido, en condiciones de servidumbre que se corresponde a la realidad colonial, feudal o esclavista, más que a la legalidad republicana de la Argentina del siglo XXI, inclusive realizando trabajos informales por sueldos muy por debajo de la línea de indigencia dentro de las instituciones del mismo Estado provincial. El racismo, la desnutrición, la pobreza, el «chineo», el clientelismo, el asistencialismo, las «criadas», entre otras prácticas que cada tanto son denunciadas y atraen la atención en la zona, son resultado del mismo proceso.

Las historias de matanzas fueron transmitidas oralmente entre la población wichí sobreviviente, pero también fueron escritas, como en el texto elaborado por Mercedes Silva, con testimonios de Sebastián Montes, donde describe las acusaciones de robo inventadas por criollos que desataban la furia de las fuerzas del orden, torturando a los indígenas sin juicio previo, atados como esclavos al caballo y fusilados luego de cavar la propia fosa. Pero estas prácticas impunes fueron denunciadas mucho antes por franciscanos que se establecieron en misiones desde 1856 (Esquina Grande, la Purísima, Las Conchas, San Antonio, Nueva Pompeya).

También Napoleón Uriburu, como representante del gobierno, dio cuenta de la violencia sin control desatada contra indígenas luego del último ataque a la Colonia Rivadavia años después de su fundación en 1863. La intervención de las fuerzas del Estado no se limitó al año 1884, a la campaña militar de Victorica, sino que comenzó mucho antes con la línea de Fortines (Esquina Grande, Gorriti, Aguirre, Güemes) y se extendió con presencia militar hasta 1917, como describió Alberto Scunio en la publicación del Circulo Militar.

Hay escritos de expedicionarios y navegantes del Bermejo, investigaciones como las realizadas por De la Cuesta Figueroa, Jaime o Gordillo, y también textos literarios como los de Federico Gauffin y Justo José Oliva, que son clásicos de la literatura regional pero que trascendieron como reivindicación del gaucho chaqueño, lo que evidencia la naturalización de las atrocidades cometidas sobre la población indígena. Todos estos textos dan cuenta de las atrocidades cometidas, primero como reacción ante los «malones», pero luego fusilando sin condena ante la mínima sospecha de robo, culpando al derrotado por todo lo malo y por las penurias de la región, «cazando matacos» como si fueran animales reducidos a la servidumbre y descartados con total impunidad.

Que no se reconozcan estas matanzas teniendo tantas evidencias, como sucede ahora con el «descubrimiento» de estos restos humanos, dan cuenta de la naturalización que se tiene del sometimiento indígena y del esencialismo cultural tan incorporado hasta por los sectores progresistas que no ven trabajadores rurales, que no ven indígenas más que en el monte, en tierras marginales sobreviviendo de la recolección o de la huerta, y que tampoco ven secuestros, torturas, fusilamientos y desapariciones “más allá” de la última dictadura militar y “más acá” de la colonia.

La historia de Rivadavia Banda Sur demuestra que Salta también tuvo su «Napalpí» y su «Rincón Bomba», la magnitud de las matanzas, igual o superior a las de Chaco y Formosa, es proporcional a la impunidad que aún reina en la provincia y a la negación de la verdad histórica.




Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *