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Políticas coolturales: Cuando el concurso se convierte en publicidad

Presentamos la columna cítrica «Ácido Un Gusto» del célebre escritor tercerizado Adolfo Cela Lame.

No se puede decir qué es más triste: que todavía se considere una competencia de bandas como algo que propicie el verdadero encuentro de músicos y músicas, o que haya gente adepta a la música que se preste para tales prácticas -algo así como ver quien la tiene más grande, instrumentalmente hablando, frente a un jurado que (vaya a saber une cómo llegaron a ese estatus) definirá quién merece o no pasar de ronda y vota tinellezcamente a su favorite. En todo caso si a esto le sumamos la intervención incompetente de los siempre-cortos-de-ideas funcionaries de cultura salteñes, se arma un caldo intenso que es mejor escupirlo antes que tragarlo.

Vamos sin más al grano del meollo en el asunto. Ha finalizado hace pocas semanas un concurso, en el que se convocaban tanto a celebérrimas como ignotas bandas representantes de determinadas zonas geográficas, como si de eso dependiera que la música (acaso importa si una banda o solista es de zona norte, sur, de barrio Martín Palermo IV o Cacho Castañares?) fuera a tener otros ribetes más que los ritmos a los que adhieren que de por sí son varios. Hay cumbia, rock, cuarteto medina, música cristiana, algo de reggae, indie colla, metal y todo aquello que ya no se considera cosa del diablo, sino algo para compartir en familia. Nunca nada que desafíe un statu qulo instalado ya en los oídos que consumen la misma canción anodina y con mensaje simplón, pero que pegue en la radio, como si ese también fuera un imperativo: la música de fácil escucha.

En definitiva, concursos tan insustanciales, se conforman de una manera macabra desde sus inicios. Basados en la más sucia y humillante competencia, primero les piden a sus concursantes que superen una etapa de megustas en las redes sociales, llevando incluso a que se prometan asados, favores sexuales y cosas más degradantes aún, como afiliaciones al pejota, y más herejías por el estilo total de sumar pulgares arriba en las redes. Una vez superada esa primera etapa, entonces derivan en una serie de presentaciones en vivo al mejor estilo futbolero, un todes contra todes con semifinal y final, nuevamente bastardeando el verdadero quehacer artístico que nada tiene ni tuvo que ver jamás con la competencia.

Todo siempre bajo el manejo municipal, con el logo municipal, como si no estuviéramos en campaña; porque no nos olvidemos de les funcionaries de cooltura, que como buenes semiprogres deben pensar que haciendo un concurso cuyo primer premio es UN VIDEOCLIP (sí, un miserable video, nada de plata, nada de grabación de un disco, nada de nada más que un burdo videoclip) estarán premiando en demasía a quienes concursaron, se humillaron, pidieron likes, prometieron asados, e incluso fueron a poner la jeta con el logo de la muni de fondo. Y ya que estaban, fueron eses mismes funcionaries quienes celebraron la inauguración del techo que puso la municipalisáenz en el anfiteatro del parque, oh casualidad, justo en la época electoral.

Porque esa es la manera que tiene este gobierno vulgar de motivar a sus artistas, tirándoles una zanahoria que cuelga de un palo. Y ahí los lleva, a que le sirvan de fotografía para una obra más realizada por el hombre-bota-de-carpincho, que no sólo nos salvará de las inundaciones, sino que también piensa en la cultura, porque él también toca la guitarra, también canta, porque debe creer que eso es el arte, poner la jeta para la foto, hacer una canción anodina, sin mensaje, fácil de digerir, pero pegadiza. Así como un jingle electoral, como si de una propaganda se tratara. Entonces el concurso no tienen sentido más que en esa lógica que no produce nada, electoralista, superficial, sin alma.

Competir para qué, contra quién, a favor de quién? Eso es algo que muches artistas y músiques salteñes deberían preguntarse antes de prestar su tiempo a eventos como el que antes ya varias veces mencionamos. Porque la apuesta de cualquier gobernante y muches de sus funcionaries -que muy poco entenderán lo que es el arte o cuáles son los verdaderos lugares donde debe practicarse y cuáles las condiciones necesarias para ello- siempre será la banalización, apelar a lo más sencillo, a estupideces como un concurso, a la comodidad de no pensar otras alternativas, incluso de no considerar pagar por el tiempo que, en este caso, cientos de músicos y músicas pusieron para ensayar y tocar bajo precisamente el logo de un gobierno que quiere pasar del municipio a la provincia, y nada le importa el resto.

Y si al gobierno no le importa un carajo el arte, por qué a les artistas debería importarles participar en propagandas para el gobierno?

 




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