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De Madrid a Salta | Crónica de repatriación

Barbijos, aeropuertos custodiados, un avión sin tripulación a la vista, pistolas para medir la fiebre, controles a la distancia, desinfecciones, una eternidad en la ruta, choferes perdidos y cuarentenas obligatorias. Condimentos de nuestro viaje de repatriación que duró 18 días.

por Facundo Sagárnaga

Salimos de Madrid el 14 de junio con destino a Salta. Fueron 14 horas de avión y 40 horas de colectivo, con un día y medio de asilamiento obligatorio en Buenos Aires. Hace cinco días llegamos a nuestra provincia y todavía nos quedan 10 días y un test para poder caminar por la ciudad.

Hace meses el mundo está paralizado. Las fronteras se cerraron, los vuelos se cancelaron y las rutas se vaciaron. El aislamiento, el distanciamiento social y las restricciones a la libre circulación forman parte de una agenda global marcada por el coronavirus. Medidas impulsadas para evitar la propagación de un enemigo invisible, un virus de origen chino que en pocos meses se cobró la vida de casi medio millón de humanos, contagió a más de nueve millones y acabó con la «normalidad» de la mitad de la población mundial.

El 15 de junio, cerca de las tres de la mañana llegamos a Buenos Aires. Viajamos en el vuelo 1133 de Aerolíneas Argentinas. Allí estuvimos demorados bajo la custodia de las fuerzas de seguridad aeroportuaria hasta que personal del Ministerio del Interior de la Nación registró origen y destino de todos los pasajeros. Con esa información se armarían los operativos para distribuir a los repatriados en colectivos con múltiples destinos.

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La cantidad de personas que esa noche viajaba hacia el norte del país no fue la necesaria para poner en marcha un vehículo. Debimos ir a un hotel. Después de un día y medio, cerca de las 6 de la mañana por teléfono nos avisan que teníamos 40 minutos para prepararnos y abordar el colectivo que viajaba hacia el norte argentino.

El itinerario del coche era Córdoba, Santiago del Estero, Catamarca, Tucumán y Salta. Nuestra ciudad era el último destino. Bajamos de la habitación. Antes de subir al colectivo un agente del Ministerio nos aprovisionó con dos botellas de agua de medio litro cada una, y sin más, nos señaló el colectivo. Cargamos las mochilas en el depósito, ayudamos a quienes no podían solos.

Al subir la advertencia del chofer fue que el vehículo solo frenaría en los destinos. Nadie podría bajar a comprar alimentos. Fueron 40 horas, por lo menos 15 de esperas y discusiones entre choferes y policías locales. Ninguno se imaginaba lo que nos costaría llegar. Muchos cuerpos no aguataron y se descompusieron, al igual que el baño del ómnibus.

Reclamamos en todo momento, cada uno desde su asiento y sin tener contacto entre nosotros. No les quedó otra que frenar, entrar en contacto con nosotros, bajarse y comprarnos las galletas y gaseosas más caras de la historia en un kiosco santiagueño asilado de toda realidad. Un puesto que ni el mismo coronavirus sabía de su existencia.

Fuimos parando en todas las fronteras y terminales. Desde arriba del colectivo vimos como en Catamarca la policía no quiso recibir al repatriado y el hombre se bajó en plena ruta. Ahora debe estar en casa. En Tucumán observamos atentos como uno de los viajeros casi no pasa una prueba de olfato. Por poco casi retorna en el mismo coche a Buenos Aires. El colectivo dejó a todos.

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En Salta frenamos en tres controles. En cada uno la información y los requisitos para circular varían. Las formas que habíamos llenado en las páginas oficiales no sirvieron de mucho.

El 17 de junio cerca de las 22 llegamos a AUNOR. Nos recibió una agente policial. A la distancia nos indicó que deberíamos pasar por un cuarto de desinfección para que nos atiendan los médicos del SAMEC. Mientras lo hacia, otro rociaba nuestras mochilas con un pulverizador.

Al parecer, por la sutileza con la que nos trató el médico del SAMEC, los trabajadores estaban allí desde muy temprano. Poco les importó el hospedaje que ya habíamos alquilado antes de salir de Madrid para hacer la cuarentena aislados. Nos anotaron en una lista y nos indicaron que quedaríamos confinados en el hotel Buenos Aires, frente a la escuela Roca.

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El hotel está custodiado por la policía de la provincia de Salta. Estamos en un segundo piso en la habitación 32, y según comentan todo el edificio está cubierto. De vecinos tenemos una familia venezolana de cuatro adultos y dos menores que se pasea por las galerías sin barbijo. A diario le discuten y maltratan a los agentes oficiales y médicos que nos atienden. Están nerviosos, según dicen porque no pueden fumar. Amenazan con escaparse por los techos para seguir a pie hasta Venezuela.

Es raro, hace ya ocho días salimos de Madrid y todavía no estamos ni en la mitad del viaje. Desde la ventana se ve el cerro San Bernardo, pero todavía falta bastante para poder llegar a casa. Nosotros venimos de casi tres meses de cuarentena en Madrid, cuando todo esto termine vamos a contar en nuestro haber con casi 150 días de aislamiento. Si formáramos parte de la sonda estadounidense New Horizons, en este tiempo podríamos haber viajado 50 veces a la Luna, tres veces a Marte y por lo menos una vez al Sol.

Cómo volveremos al movimiento después de todo este tiempo de quietud es una incertidumbre. Mientras tanto habitamos un espacio inerte junto a cientos de personas de todo el país.




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