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Poco ruido, muchas nueces

Una sección dedicada a esos talentos que no quisieron ser.

Por Nico Cortés

¡Trinche! ¡Trinche! ¡Trinche! Pareciera que fue ayer. Eso dicen los nostálgicos. Como si hubiese sido un soplo el paso del tiempo y de repente las canas invadieron una cabellera que supo tener color y una piel que supo soportar el calor. Los ojos rojos, como nublados de tanto trotar bajo el sol, las piernas en curva, un andar pausado, un tanto irregular denotan los golpes padecidos. Todas las secuelas juntas nunca importaron demasiado, con tal de cumplir el sueño de todo rosarino, en primer lugar. Luego argentino.

Rosario, 171105 Trinche Carlovich Foto: Alejandro Guerrero

Rosario, 17/11/05. “El Trinche” Carlovich Foto: Alejandro Guerrero

Ni siquiera lo eligió. Pues su profesión se manifestó por inercia. Por lógica de la naturaleza. El hombre había sido hecho a imagen y semejanza de Cristo futbolista. En su mundo racional de la niñez, todo era redondo, salvo el campo, cuasi rectangular. Los dos arcos. En menor medida una canoa, una caña de pescar. Pero casi todo tenia forma de pelota. Así hasta adulto. Hasta siempre.

A veces pienso que enfocar toda la energía en una sola profesión enmarca un panorama desolador respecto al mundo, a la vida. Una mirada limitada y conformista. Pero este tipo de gente me hace dudar. Porque creo que han sido destinados para esto. Exclusivamente. Desde el punto inicial, donde nacieron. Desde que suena la radio y entra por los tímpanos el relato de un vocero que cuenta como los héroes corren tras un balón mostrando su personalidad, sus deseos, sus destrezas en un campo, por pocos minutos y ellos quieren ser esos potros lanzados, sin importar nada más que sus madres. Aún sabiendo de la ingratitud del sistema, de las carencias del entorno, de la crueldad del negocio. Esta especie está decidida y arriesga el todo por su pasión. Pasión con deseo. Deseo con sueños. Sueños con convicción.

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Hoy sus manos enlazan la red de alambre que separa el campo de las tribunas. En sus oídos retumban recuerdos. Se levanta el estadio de Central Córdoba de Rosario porque por el túnel sale el primer equipo. Tan diferente que evitó ser canalla o leproso. Se siente la ansiedad, el murmullo se hace canto, las serpentinas se lanzan al aire recién cuando un tal Tomás Felipe Carlovich, número diez en la espalda, en el pantalón y en las calificaciones, pisa el césped.

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Rulos, barba, medias sueltas y bajas. Ojeras y lagañas. La leyenda, el mito, el ídolo del ídolo y la imagen popular, de quien pudo ser, fue y será. Historia viviente, motivo de charlas de cafés, documentales, obras de teatros y enigma criollo. Quizás el más grande futbolista del mundo desconocido. El mejor atleta anónimo hecho pescador. Un genio en envase casero, envuelto en papel de diario. Un vino añejo sin etiqueta. Un caviar en servilleta de hoja. Un diamante nunca pulido. De esos talentos que no saben por qué les toco a ellos, ni saben para que, ni para quien.

Tal vez a la altura de Maradona, con similitudes de Riquelme, elogiado por Aimar, Menotti, Bielsa. Adulado por los potreros del rio de la plata. Inmortalizado en las paredes rosarinas con la frase: “Señores, esta tarde juega El Trinche”.

Lleno de bohemia, de desfachatez. Rastros de barro en sus pies. Huellas de hambre en su gen. Ropero con poca ropa y billetera con viejos billetes. Gente desinteresada, distraída, de gran carácter e inquebrantables ideales. Personas que me fascinan por el solo hecho de ser rebeldes sin armas, anti sistemas, con agallas, distintos, consecuentes. Gracias porque existen estos tipos que no necesitan ser infieles a sí mismos, y sin luz ni cámara ni acción para parecerse a Dios.




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