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Patriarcado

Género | Cuando el patriarcado disciplina: las violaciones colectivas

La denuncia pública de una violación grupal ocurrida en nuestra ciudad a fines de Abril mantiene conmocionada a gran parte de la sociedad salteña. Una vez más se advierte la impunidad con la que diariamente se violenta a mujeres e identidades disidentes en la  provincia y el mundo.

 

Por Ana Azurmendi

 

En la madrugada del 23 de abril Belén fue entregada a un grupo de varones y subida a un automóvil en zona sur. La violaron en grupo y la ahorcaron con un cordón de zapatillas. Creyéndola muerta la dejaron abandonada en un baldío. Cuando recuperó la conciencia, se arrastró semidesnuda y en shock hasta que pudo pedir auxilio en una casa aledaña. Sobrevivió.

 

El relato sintetizado de lo que le sucedió a Belén se entrecruza con otros casos recientemente mediatizados como el de “La Manada” en España y la denuncia en Chile de otra violación en grupo que la prensa trasandina bautizó como “La Manada Chilena”. En el caso español, cinco hombres violaron en 2016 a una joven de 18 años durante las fiestas de San Fermín mientras que en Chile, hace unos días, una patota asaltó, golpeó y violó a una joven que esperaba el transporte público.

 

Estas violaciones en grupo no constituyen un hecho aislado. El sometimiento de un cuerpo con tanta saña y violencia, como sucedió con Belén, es una práctica misógina con fuerte arraigo en nuestra provincia. En los últimos años ha habido varias denuncias de violaciones colectivas en Salta, como el caso de Fernanda Ruiz en 2008, que salió de su casa a comprar repuestos para un auto y nunca regresó. Fue interceptada en el Bº Ferroviario de Salvador Mazza por un grupo de conocidos de la familia, quienes la torturaron, violaron, mutilaron y asesinaron. Tenía 16 años. De ese mismo barrio es la joven estudiante que en 2016 denunció haber sido emboscada, golpeada y violada por una decena de compañeros del BESPA al que asistía. Ese año también se conoció la situación de Juana, seudónimo de la niña wichi de 12 años, violada por cinco criollos y obligada por el Estado a cursar durante seis meses un embarazo anancefálico. En Pichanal, a mediados del año pasado, otra joven fue entregada por su pareja a un grupo de amigos para que abusaran de ella. Finalmente, hace unos días en Rosario de Lerma una estudiante fue abordada por un grupo de varones y agredida sexualmente cuando regresaba a su hogar.

 

Vení Raquel, vení con los muchachos

La manada, la patota, el grupo violador: un conjunto de varones disciplinando y disputando la dominación sobre cuerpos ajenos. En cada caso se repite la imagen de una persona sometida a la voluntad de otros. Un cuerpo entregado a una suerte de jauría humana para su vejación colectiva. Los violadores son gozadores del abuso de poder, sostiene la analista y trabajadora social Eva Giberti. En esta misma línea la antropóloga Rita Segato argumenta: “no hay deseo sexual, sino deseo de dominación y poder. El interés del violador es la potencia y la exhibición de esa potencia frente a otros hombres para valer como hombre”. Ese interés del violador, que poco tiene ver con lo erótico, apunta a corroborar lo que ser “hombre” implica en el patriarcado: la posibilidad de ser dueño de otros cuerpos para la espectacularización de la crueldad en banda.

 

En una violación colectiva hay un conjunto de varones reunidos a partir de un pacto entre ellos; acuerdan cómo actuar y lo celebran con absoluta impunidad. Proceden carroñando los cuerpos de las mujeres y de aquellas personas a quienes consideran que están en falta. Claro ejemplo de esto son las violaciones correctivas en las que se pretende moralizar, corregir y/o castigar mediante la violación a lesbianas y trans masculinos. Dos ejemplos a nivel nacional bastan para ilustrar esto. En 2017, Higui, fue atacada por un grupo de hombres: la golpearon, la tiraron al piso e intentaron violarla bajo la excusa “Te voy a hacer sentir mujer, forra, lesbiana”. Por otro lado, este mes se hizo pública la sentencia de JoeLemonge, condenado a 5 años y medio de prisión por defenderse. En 2016 hirió a su atacante, luego de que éste ingresara a su propiedad con una trincheta en la mano. Desde hacía tiempo venía hostigándolo junto a otros sujetos, por ser varón trans.

 

Salta, la violadora

Según las Estadísticas Criminales del Ministerio de Seguridad de Nación, en 2016 Salta condensó una de las tasas de registros de violaciones más altas del país (18,5 violaciones denunciadas cada 100 mil habitantes). Siguiendo los datos del Informe 2017 del Observatorio de Violencia Contra la Mujer, del total de denuncias penales realizadas en Salta, el 12% correspondió a “delitos contra la integridad sexual”. Con estos datos se derriba la figura del violador como un individuo que se mueve en los márgenes, casi invisible para el resto de la sociedad y que actúa de manera aislada. Las violaciones y abusos no son ajenas a nuestra cotidianidad. ¿Quiénes cometen entonces todas las violaciones que engrosan las estadísticas? Un violador puede ser un amigo, un vecino, un trabajador, un familiar y sobre todo, una pareja.

 

La violación convierte a la persona sometida en carne para la depredación. El ataque sexual, como sostiene Rita Segato, es un acto de rapiña y consumición de un cuerpo. Un cuerpo que se desprecia y que muchas veces va a parar a un basural. Pero ¿qué sucede con la víctima luego de la violación? Nunca deja de estar expuesta a la violencia. La constante revictimizaciòn por parte del sistema judicial, los medios y la sociedad misma, la someten a un sufrimiento constante.  En el caso de la manada española, a la víctima se la ha puesto en tela de juicio por no mostrar resistencia durante su vejación. A Higui, cuando la llevaron detenida, le dijeron “Quién te va a querer violar a vos, si sos horrible”. Cuando se hizo público lo sucedido con Belén, la familia de uno de los agresores puso el foco sobre ella, acusándola de consumir estupefacientes. A Magalí, la nena de 13 años que despertó de un coma en Tandil y gritó “Me violaron todos”, le echaron la culpa por haber ido a la fiesta donde sucedió la violación. Que la ropa, que las fotos, que la edad, que los hijos. Siempre el eje se deposita en la víctima. ¿Por qué fue a esa cita? ¿Por qué no tenía pareja estable? ¿Por qué le gustaba tanto salir a bailar? ¿Por qué se subió a ese auto? ¿Por qué no gritó? ¿Por qué no se defendió? Un corolario de preguntas incisivas que ametrallan a las víctimas cuando sobreviven a una violación y aún después de muertas. La cultura de la violación también es esto. Culpar a la víctima y no al violador. Considerar “normales” el acoso y manoseos sin consentimiento alguno es un modo de normalizar este delito.  También lo es, minimizar las situaciones en las que un varón violenta a otras identidades utilizando la penetración como elemento de castigo y corrección.

 

Contra toda normalización del horror

Se nos ha dado vivir en un sistema económico que depreda constantemente recursos y personas. En este mercado violento que es el mundo capitalista, las mujeres y las identidades disidentes constituyen carne de carroña y explotación. El violador no es un enfermo o un esclavo del deseo sexual que no puede controlar: irrumpe como un educador del patriarcado escribiendo con violencia que los cuerpos sometidos son de su propiedad.  Y en la medida en que esto sucede, hay un señalamiento, una condena social que las víctimas cargan sobre sus cuerpos ya magullados: la culpa de su violación es de ellas mismas. Una víctima jamás tiene la culpa de la crueldad que se desata sobre ellas. No es por la ropa, no es porque le guste la cumbia o los boliches, no es porque haya dejado la escuela o porque tenga una vida sexual activa. No es porque trabaja en un taller o maneja sola un auto por las noches. No importa si es migrante o indígena, si tiene 12 o 45 años. Ninguna mujer, lesbiana o trans es culpable de su violación.

 

Foto: Federico Sarmiento




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