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Ex cárcel de Caseros

Pasó la mitad de su vida en la cárcel y revela los siniestros códigos para sobrevivir entre rejas: “La tumba es un monstruo perverso”

Por Eduardo Anguita y Daniel Cecchini

 

La puerta está cerrada pero un murmullo constante llega desde los pasillos. De tanto en tanto se escuchan algunos gritos. Es mediodía, hora de entradas y salidas de las aulas en la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata, donde cursa las últimas materias de la carrera. Es miércoles, el día que llega temprano desde la Costa Atlántica, donde Mariano vive con su familia, para asistir a las clases. Pasea la mirada por el aula vacía y sonríe. Es mucho más grande que una celda, y ni hablar si se la compara con la estrechez asfixiante de un buzón de castigo.

 

Un cálculo rápido arroja que más de la mitad de sus 45 años se los ha pasado entrando y saliendo de las cárceles federales de casi todo el país; desde los 21, cuando debutó en Caseros, siempre por robo a mano armada.

 

La primera vez que cayó tenía 15 años, en Morón, su propio barrio, por robar un autoestéreo. “Esa vez zafé. Me creyeron”, dice. “Imaginate, no doy con la figura, rubiecito, ojos verdes”. Cuando lo llevaron al Juzgado de Menores negó todo y lo dejaron ir. “La asistente social hasta me hizo un mimo y me dijo que tenía un hijo de mi edad: ‘Lo que te está pasando a vos le podría estar pasando a mi hijo’, me dijo. Es que no daba con el perfil. Casi me piden perdón. Cómo la policía va a traer a un blanquito de ojos verdes, diciendo que podía estar robando, si es como el hijo de uno”, cuenta.

 

Dos meses después, Mariano fue a parar de nuevo a la comisaría, ahora por robar autos. “Robo reiterado automotor”, dice, dos autos. Esa vez no le creyeron pero, en lugar de mandarlo a un instituto de menores, el juez le dio la oportunidad de ir a vivir a Santa Teresita, con sus abuelos maternos. Un cambio de ambiente.

 

“Creo que se dieron cuenta de que la cosa en mi casa no iba”, dice. “No porque la mía fuera una mala familia, sino porque mi viejo trabajaba todo el día y mi vieja también. Yo no los veía nunca. Mirá cómo sería que cuando era chiquito a mi mamá la llamaron de la escuela porque yo había dibujado a mi papá atado a la cama. La psicóloga le preguntó si mi papá estaba inválido, postrado. No, qué iba a estar, lo que pasa es que yo no lo veía nunca y cuando lo veía estaba dormido. Mis otros abuelos, Germán y María Luz se llamaban, recién se habían muerto. Los dos, uno atrás del otro, en apenas 27 días, esas cosas que pasan. Hasta la muerte de mis abuelos yo llevaba la vida de un chico normal, estudio, deporte, ni droga ni nada. Eran los únicos que se podían ocupar de mí. Como que me quedé solo, me desboqué”, dice pasado un cuarto de siglo.

 

Lo de Santa Teresita no funcionó, cuenta. Mientras estaba allá se portaba bien, incluso empezó a estudiar mecánica automotor, pero cuando volvía a Buenos Aires a visitar a los padres la cosa cambiaba. “Volví al delito, choreaba”, dice, pero no sólo era eso. “Andaba en moto a mil, en una sola rueda. Era como que desafiaba todos los límites humanos. Creo que desde que se murió mi abuela me quedó esa cosa de pelearme con la muerte”. Lo único que le preocupaba era que sus padres no se dieran cuenta de lo que estaba haciendo, para que no sufrieran. Sí compraba una moto o un auto con dinero de los robos, nunca los llevaba a la casa. Los dejaba a la vuelta para que no los vieran.

 

Robo de autos, comercios, joyerías, siempre a mano armada, el raid que había emprendido no iba a durar mucho. Ya era mayor de edad, cualquier caída lo llevaría inevitablemente a la cárcel. Y ahí fue a parar. Acababa de cumplir 21 años y fue a parar Caseros.

 

Dentro y fuera de la tumba

 

Cuando Infobae le pregunta por la cárcel, Mariano Bocacci dice aquello del monstruo perverso y se queda unos segundos en silencio, mirando por la ventana del aula. “En Caseros no veías el sol, nunca. Estaba en el piso 15 y la vida era sólo eso, estar ahí: el rancho, el recreo, las visitas, todo. Ni del piso salías, estaba armada para destruirte”, dice. “Por suerte la tiraron abajo, pero la cárcel no es sólo un edificio, se te mete adentro”.

 

Bocacci es flaco, de tez y ojos claros, no muy alto. Su presencia física no intimida y eso podía ser un problema en la cárcel. Pero entró por robo a mano armada y junto con dos reincidentes, dos tipos pesados a los que conocía, así que el ingreso se le hizo liviano, no tuvo que pelear mucho para hacerse respetar.

 

“El lugar te lo ganás con violencia, física y simbólica. Tenés que inventar un personaje. Si no lo sos, lo tenés que inventar. Hablarle mal al personal, darle un palazo o una puñalada a uno, según en el pabellón en que estés… y ese personaje te come, te convertís en ese personaje. Si no podés por la fuerza, para sobrevivir necesitás un rol. Hay muchos roles”, explica. “Está el que sabe de leyes, entonces encuentra un lugar privilegiado, porque por más malos que sean los otros en algún momento necesitan de ese que sabe de leyes; está el que hace las tortas para todas las visitas. Por ahí es el más gil de todos, pero es el que voy a necesitar cuando tenga el cumpleaños de mi señora que me haga una torta. No estuve mucho tiempo en Caseros, menos de un año y pude salir, pero el personaje ya me había ganado. A la semana estaba robando de nuevo. Empecé a entrar y salir”, dice.

 

En ese ir y venir entre la calle y la cárcel, también aprendió otra cosa: que a la Justicia muchas veces se la puede comprar. “Me acuerdo de una causa, en Morón. Yo caigo como trucho, con nombre falso, porque estaba con captura por otras causas, pero al principio no se dieron cuenta. Me agarra un abogado muy conocido, de famosos, y me dice que va a estar tal juez de turno. Un día que mi hermano va a verlo para preguntarle cómo iba mi causa, el tipo le dice que eso se arregla fácil. ‘Quedate tranquilo -le dice a mi hermano-, la libertad de Mariano tiene precio’. ‘¿Cuánto?’, le pregunta y el tipo le da una cifra. ‘Bueno’, le contesta mi hermano y unos días después le lleva la guita”, recuerda.

 

En el aula de la Facultad de Periodismo, Mariano Bocacci cuenta este diálogo mirando a los ojos. Quizás espere una reacción, una expresión de escándalo. Después dice que, en el medio del trámite para sacarlo, hubo una complicación porque saltó su verdadera identidad y a él lo estaban buscando por otras causas. El juez se lo dice al abogado y el abogado se lo cuenta al hermano de Mariano.

 

-No va a poder salir por derecha, ahora que saltó el nombre polenta no lo puede liberar, le dice.

-¡Uy! ¿Y ahora?

-Tranquilo, que por la misma plata se puede arreglar. El juez tiene otra propuesta.

-¿Cuál?

-¿Los compañeros de Mariano están en la calle?

-Sí.

-Bueno, entonces escuchá…, le dice el abogado a su hermano y le cuenta el plan.

 

Días más tarde, Mariano Bocacci fue trasladado a un hospital por orden del juez. Sus compañeros entraron a punta de pistola, redujeron al policía que lo custodiaba y lo sacaron. “¿Te das cuenta? Al juez le importó un carajo si cuando entraban a sacarme la cosa se complicaba y mis compañeros le pegaban un chumbazo al cobani. No le importó nada. Por suerte no pasó… Esa es la justicia; si vos tenés guita, todo bien. Vos tenés veinte años y decís: ‘Está todo pago’. Estamos hablando de un juez, y a su señoría no le importa si matás a un policía”.

 

Estaba de nuevo en la calle. Una vez más. “Pero una cosa es estar en la calle y otra cosa es la libertad. Seguía en lo mismo, en cana o choreando. Podés caer siempre, podés terminar en la calle tapado con diarios… Eso no es la libertad, eso es apenas estar en la calle. Me llevó muchos años aprenderlo”, dice.

 

Braille para aprender a ver

 

En el subibaja que lo ponía de un lado o del otro de las rejas, Mariano Bocacci tuvo cuatro hijos. Tres mujeres y un varón: “Iara de 20, Queila de 18, Matías de 16, y Zoe, que tiene 10”, enumera con una sonrisa. La primera con una pareja de la cual se separó durante una estadía en la cárcel; los otros tres con Nancy, la mujer con la cual se casó hace 17 años.

 

Ni la pareja ni los hijos fueron un freno para que dejara de delinquir. “Seguía de chumbo cada vez que salía. Y, claro, si no sabía hacer otra cosa, no veía nada más. Ese era mi personaje, pero el personaje ya era yo”, dice y abre las manos en un ademán que refuerza con una mirada que quiere mostrar perplejidad.

 

En 1997 volvió a caer preso y lo condenaron a 20 años. “Robo a mano armado, tenencia de armas, me dieron con todo”, cuenta. Fue de una cárcel a la otra: Unidad 7 de Resistencia – Chaco, Unidad 9 de La Plata…. Salta, Dolores, Devoto. Lo mandaban de una a otra porque se había transformado en un problema y nadie lo quería tener. “El problema era que exigía derechos -dice- y no te los quieren dar. Pensé que si me quedaba sin hacer nada la cárcel me iba a terminar de comer y no quería hacer eso. Quería hacer algo, aunque fuera para que el tiempo no me matara”.

 

En ese hacer para que no lo matara el no hacer descubrió la escritura Braille. Corría el año 2000. “Mirá lo que son las cosas. Estaba en la Unidad 7 del Chaco, un campo de concentración era, y armamos un taller de Braille porque uno de los presos sabía el idioma para ciegos. Así que empezamos a escribir cuentitos en Braille”, cuenta.

 

“Creyeron que ese aprendizaje no era un conflicto para el sistema penitenciario. Sin embargo, fue todo lo contrario. Cuando se enteró la gorra, nos cagaron a palos, no querían que hagamos Braille. Nos plantamos, rebeldes. Quince días en los buzones. Ah, pero no íbamos a aflojar. Volvía y seguía. Nos cagaban a palos porque no querían que hagamos Braille. No entendíamos por qué, si estábamos escribiendo libros de cuentos para chicos ciegos. No había nada de eso en el Chaco. Pero no nos querían dejar. Se nos ocurrió que la única manera de poder seguir adelante era conseguir ayuda de afuera”.

 

Casi clandestinamente, Mariano y sus compañeros escribieron la Declaración de los Derechos del Niño en Braille y, a través de una visita que pudo sacarla, la donaron a Unicef. “¡No sabés cuántas cagadas a palos nos ligamos hasta que aparecieron los de Unicef! Pero después nos comunicaron con el Ministerio de Educación del Chaco, y empezaron a venir profesoras. Ahí rompimos la barrera, nos dieron un lugar en la escuela, porque la gorra se dio cuenta de que les servía a ellos también. Desgraciadamente, fuimos el caballito de batalla de ellos sin darnos cuenta, porque le limpiábamos la imagen a la cárcel”, dice.

 

A medida que lo iban trasladando de cárcel, Mariano Bocacci armaba talleres de Braille con otros presos, ya podía enseñar. Además de cuentos, empezaron a hacer mapas con diferentes tipos de telas, juegos de dominó, lo que hiciera falta.

 

“En ese proceso -dice-, hizo un clic en la cabeza. Al principio no me di cuenta de qué era. Yo nunca había podido comunicarme con mis viejos, no podía compartir con ellos nada de lo que estaba haciendo. Y claro, si lo que hacía era andar de caño, robar. Un día los llamé por teléfono y les conté que estaba haciendo juguetes para chicos ciegos, mapas, esas cosas, y a la semana me llegó una encomienda con unos pedacitos de tela, cosas para que pudiera seguir. Se abrió otro diálogo. Pero eso no me pasó solamente a mí, les pasó a los cinco o seis que estábamos en ese taller. Les contaban a la señora, al hijo, al padre. A mí también me pasó con mi hija mayor, que entonces tenía cinco años, que le contaba y cuando me venía a ver me pedía que le mostrara esas cosas con los puntitos que estaba haciendo. Traje una de las cosas que estaba haciendo, se la di y ella cerró los ojos y empezó a tocar los puntitos. Le quise explicar qué era, pero ella no me dejo. ‘No, papá, ya sé, ya sé’, me dijo. ‘Vos escribís así con los puntitos y los chicos ciegos los tocan, adivinan lo que dicen y ya no son más ciegos’. Empecé a sentir el reconocimiento de los otros, que me valoraban por lo que hacía”, dice ahora, veinte años después, sentado en un aula de la Facultad de Periodismo, donde se prepara para ejercer algún día el oficio de cronista. “Entonces no lo pensé así como te lo digo, pero creo que sentí que para salvarme tenía que salirme del personaje que se me había metido adentro todos esos años”.

 

No iba a ser tan fácil.

 

Palos de ciego

 

En 2007 empezó a tener salidas transitorias y trató de ir armándose un futuro para cuando tuviera la libertad definitiva. Iba al Consejo Escolar de Morón, a distintas escuelas, contaba quién era y mostraba sus obras en idioma para ciegos: mapas, libritos, todo lo que estaba haciendo. “Sin embargo, pasaban los meses y nada”, cuenta. “No entendía qué pasaba, todavía no me daba cuenta de que el problema era que yo era un preso. Me empecé a desesperar”.

 

En una de las salidas, fue directo al Ministerio de Justicia para ver a un funcionario. Casi una cita a ciegas: Mariano solo sabía que el nombre de pila del funcionario era Nicolás. Y sabía que Nicolás sabía de su trabajo de Braille en la cárcel. El hombre lo miró sorprendido: el preso Bocacci podía salir, pero tenía un circuito por el cual podía circular que no incluía el Ministerio de Justicia bonaerense.

 

-¿Qué hacés? ¡No podés estar acá!, dice ahora Mariano que Nicolás le dijo en ese momento.

-Mirá, Nicolás, lo mejor que puedo hacer es estar acá…, porque estoy más cerca de agarrar una pistola que una reglilla de Braille, le contestó.

-Bueno, pasá, explícame, dijo el funcionario.

-No puedo capitalizar lo que sé hacer. No sé vender, no sé promocionar, no sé buscar un mercado. Nicolás, hacé de cuenta que estamos entrando a un banco y yo te tiro una pistola y te digo “arrancá”. No vas a saber qué hacer. Bueno, a mí me pasa lo mismo con el laburo. Me tenés que ayudar.

 

El funcionario judicial se lo quedó mirándolo, sin hablar. “Yo le estaba diciendo la verdad, se la estaba diciendo con el corazón. Pero el flaco no podía hacer nada. Me fui más desesperado que antes”, dice ahora Bocacci.

 

El personaje que había construido a lo largo de su carrera delictiva le ganó esa batalla. De la siguiente salida transitoria ya no volvió al penal.

 

“A las diez de la mañana ya estaba metido en una joyería, pum pam”, dice.

 

Se escondió un tiempo, consiguió una identidad falsa y se fue con su mujer y sus hijos a una localidad de la costa. Allá siguió de caño, como se dice en la jerga tumbera, tratando de que fuera lejos de su casa. Como una tabla de salvación inconsciente, había llevado unos mapas, unos libritos y unos juegos en Braille. Una mañana los volvió a ver.

 

“Empecé a tratar de ofrecerlos con mi identidad trucha. Me llamaba Walter Di Napoli, ya no decía esto lo aprendí en una cárcel, estoy en transitoria. Decía que era una persona que había aprendido el oficio, que quería venir a vivir a la costa, un lugar tranquilo con la familia, y que era lo que me gustaba hacer. No lo podía creer, a los diez días estaba laburando. Ahí me di cuenta de que a los tipos con antecedentes nadie les da laburo, que no era mi laburo lo que no servía, sino que el que no servía era yo porque tenía antecedentes. Si hasta llegué a dar un taller de Braille en la municipalidad”, dice.

 

Se metió de lleno en el laburo y se sentía bien, casi satisfecho. Pero el personaje seguía ahí. Mariano producía sus libros y sus mapas, incluso inventó unas hamacas para discapacitados, pero también salía de chumbo, no podía parar de robar. A los siete meses volvió a caer preso. “Ahí sí que me dolió, fue la primera vez que me sentí mal”, dice ahora.

 

Última estación: estudiar

 

La cárcel otra vez. Lo condenaron en apenas siete días y se lo sumaron a lo que le faltaba cumplir. Se dio cuenta de que iba a estar adentro un buen rato, pero también pensó que sería la última vez. Iba a matar al personaje.

 

“Volví al penal, armé un taller y les dije a los pibes dos cosas. Una es esta: ‘Si acá somos un número, cuando cruzamos el portón no somos ni eso’, les dije. Y la segunda fue contarles que había estado laburando y que estaba buena la calle, pero que para poder laburar cuando saliéramos teníamos que empezar a organizarnos mientras estábamos adentro. Fue ahí que averiguamos y decidimos que íbamos a armar una cooperativa”, cuenta.

 

Al mismo tiempo se propuso estudiar. Terminó el secundario en menos de un año y se inscribió en Periodismo. “Todo a contramano del monstruo”, dice. Porque cuando había empezado a estudiar, en la Unidad 9, lo trasladaron a la cárcel de Dolores y ahí no podía estudiar porque no había convenio con la Universidad de La Plata. Sí tenían carreras de la Universidad de Mar del Plata. Entonces se inscribió en Derecho y cursó dos materias, pero quería volver a estudiar Periodismo.

 

“Yo te lo cuento corto, pero fue una pelea larga. La cárcel no quiere que te superes, es una fábrica de reincidentes. Al final hice una huelga de hambre y lo conseguí”.

 

Mariano Bocacci salió en libertad el 4 de diciembre de 2015. Desde entonces vive en una localidad de la costa atlántica, donde se gana la vida dando clases de Comunicación Social en secundarios y terciarios. También armó un taller de Braille. Todos los miércoles viaja a La Plata para cursar las últimas materias que le faltan para terminar la carrera. Nunca volvió a empuñar un arma.

 

“Antes mi identidad estaba en un caño. Hoy no me imagino agarrando un arma”, dice.

 

“¿Sabés qué pasa?”, pregunta mirando a los ojos. Y (se) responde: “Una persona que se empieza a querer a sí misma no puede pensar la cárcel como una posibilidad en su vida. Y yo me estoy empezando a querer”.

 

-¿Te sentís libre?

-La libertad es un proceso que nunca voy a terminar de transitar.

 

Fuente: Infobae




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